9.19.2009

Presentacion de Tokonoma 10, por Sergio Pangaro

Tokonoma 10
Apología de Amalia Sato

Amalia insiste en darme un lugar en la Tokonoma, entre importantes mentalidades, sobre las que quisiera abundar, aunque hoy solo será de su participación en la Tokonoma. O si se quiere de su lugar en Tokonoma. El lugar que Amalia, como dijo Haroldo de Campos “custodia con agudo sentido selectivo e innovador”. El lugar o espacio de la revista en la existencia literaria es única hacia fuera, y además estampa un sello o un tono en el habla de muchos colaboradores. Pero diría, lo orienta aún después de escrito (el habla). Encontrando un lugar para sus “descubrimientos” entre los clásicos de todas las épocas. Amalia realizando un retablo Japonés. Amalia realizando un Cabaret del fracaso. Seleccionando artistas de varieté. Amalia con sus alumnos de portugués. Tomando té. Recomendando bossa nova. Encontrando tiempo donde no lo hay. Entre Japón y América. En su “cuidado de la edición”. Que embellecieron las geometrías negras de Monzo, Cambre y Avelo, o el color de Ros.
Como Haroldo de Campos (admirativo lector desde los primeros números) encuentra “Japón” en Pound, Fenollosa y Mondrian, Amalia curiosamente encuentra en el año 94 estas palabras en Soseki “Japón es incapaz de sobrevivir sin préstamos de capitales de occidente. A pesar de ello, intenta desempeñar el papel de potencia de primera clase… es como un sapo intentando ser buey… y “No sorprende que sean todos neuróticos (los japoneses) Piensan en sí mismos y en sus necesidades inmediatas. Todo es oscuridad. Parado en medio de ella ¿Qué puedo, yo solo, decir o hacer que pueda ser de algún beneficio?”. Habrá que preguntarle a Amalia si su sonrisa se debe a que esa desolación de Soseki está aliviada con creces en la Tokonoma. Donde Soseki no está solo, sino que lo acompaña la escritura femenina de Shonagon y Shikibu. También de Ono no Komachi, de quien Mercedes Roffé al observar que “no nos gustaría suponer una asimetría amorosa en el corazón de la poeta” (por no decir poetisa que es más feo), como decía, nos hace ver que “al indagar en lo profundo del amor, Komachi sienta sus reales en el terreno de asuntos más amplios.” Y Así también Mercedes desde esos terrenos nos pregunta “¿Quién eres? Lo que seas lo serás por un error de cálculo.”
Y de nuevo Amalia llevando a Guillermo Quartucci a un recital de boleros. Amalia con Luis Thonis en un evento en apoyo a las fábricas tomadas. Los dos con esa diversión en los ojos que hace repensar la literatura y la ideología. Tan vibrante, en Thonis una como la otra, pero que en Tokonoma es impulso poético. Amalia Sato y Alfredo Prior, los reyes católicos de esta empresa que surca los mares infinitamente para dar con una tierra que no es el Japón, como tampoco era las Indias en 1492, sino otra cosa. Esa otra tierra donde habita Aru Dutt y sus elefantitos enmantecados. También Prilidiano Pueyrredón- Sócrates, que conmueve a sus amigos en su último adiós. Donde habita un artista llamado Omote Akira. Pero también Duchamp y su hermana.

Si bien tenía pensado hablar con emoción de los números anteriores de Tokonoma, finalmente pude leer el número 10, así que me voy a concentrar en él:
En primer lugar nos encontramos con un delicado diseño de Alejandro Ros que forma el número diez con las palabras de portada en tonos verdes, que seguramente no le convenzan del todo.
Luego un relato de Diego Posadas donde el mismo autor cultiva el haiku, construyendo unos bellísimos, según pasan las estaciones hacia Zarate, con su hermano. Como en el Diario de Tosa, lo hicieran los tripulantes de esa embarcación japonesa. Con motivo de cualquier circunstancia. Por el solo motivo de la sensibilidad.
A continuación Guillermo Quartucci explica la novedosa teoría según la cual los estereotipos orientalistas nos resultan gratos porque representan lo exótico, pero tanto más por constituir un gusto europeo que podemos compartir. Es decir empleamos a Japón para olvidarnos de nuestro salvajismo, y confirmar nuestra vocación de snobs.
Esta idea vuelve a surgir páginas adelante, en el análisis literario que Alejandro Sosa Días emplea como instrumento de conocimiento total. O como organismo que instrumenta conocimientos no-artísticos. En contraste con lo que él llama “fantasía sin imaginación” que fuera recomendada por la crítica snob de los 80-90’s. Pero alertando además sobre un presente al que si se le aplicara este esquema de análisis, debería sobresaltarnos por sus semejanzas y probables consecuencias de una “Defensa del consumidor” a ultranza.

Si palabras como sepuku, ikebana, kamikase, kimono, suhi, parecen provenir de un interés masculino en conformar un Japón que se pueda dominar, deberá existir una Argentina detrás de las palabras asado, tango, gaucho, boleadoras o mate.
Afortunadamente Amalia viene a aclararnos que antes de la japonización de Van Gogh y Pierre Loti, existió una Japonización en el propio Japón del siglo X, en donde la alusión era preferible a una aseveración, y una insinuación a una explicación. Por el valor de la belleza efímera, en contraste al desprecio salomónico por la vanidad y el correr tras el viento, las damas de la corte Heian corren tras las luciérnagas. El hombre que perdió la sensibilidad en la guerra no comprende por qué es rechazado y todo lo explica por el “misterio femenino”. Un misterio hecho de refinamiento que abarca el perfume y los fantasmas. Podemos creer entonces que existirá una Argentina sensible como existe un Palermo sensible.
Rafael nos trae un texto de Guerrieri en el que se vuelve a tocar el tema de la sexualidad en la voz del joven artista japonés Shinshi. Bajo la figura de traducción y adaptación, pareciera que Rafael emplea la voz de Shinshi como éste emplea las voces de otros artistas cantantes y escritores. Para darle libertad a las palabras, supuestamente prisioneras de su sistema literario-sonoro y moral. Independientemente de los resultados estéticos, al parecer Shinshi emplea su obra (hecha según los cánones posmodernos) como un talismán contra el poder, y quizás contra la homosexualidad. Es decir con un ejercicio estético intenta un resultado político. Encontré que Rafael en un camino inverso, una vez más nos muestra con un texto a todas luces teórico, las categorías de libertad, humor, agudeza, no-sentido y belleza. Podría decir que es el arte disfrazado de su enunciado. Un nuevo modelo de artista? Porque el modelo tradicional ya lo transitó con elogios y soy testigo. Quizás sea esta comprobación la que me hace ver cómo emplea sistemas de pensamiento como si fueran notas de una partitura hard-core.
El tema del snobismo vuelve con Luis Thonis a aparecer en el terreno resbaladizo de las ideologías económicas. Donde quienes todavía quisiéramos tenerlas, somos arrojados de un extremo a otro del mapa, para terminar un poco doloridos pero liberados de ciertas confrontaciones maniqueas que solo reducen sentidos. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? O como canta Laurie Anderson “Qué es más macho?” el dictador bueno? o la caridad tonta?

En la Tokonoma 8 Amalia nos ofrecía la primera versión en español del tristísimo cuento Sansho Dayu, escrito por Mori Ogai en 1915 sobre una leyenda del Japón. En su momento Amalia señaló las similitudes de esta historia con la película de 1955 La noche del cazador No sabemos si Charles Laughton pudo ver la versión del Sansho que un año antes Mizoguchi llevó al cine con el título de El intendente Sansho. Lo que sabemos es que Mario Levín sí la vio, y tomó nota de algunas similitudes con Shakespeare, Orson Welles, Sófocles, y otras tantas diferencias entre la película de Mizoguchi y el cuento de Ogai. Entre ellas la alegoría del nacimiento del Japón. Una conclusión que tal vez sirva para futuros análisis.
Continuando con este cruce de “dominios”: cine-literatura, crítica-arte, masculino-femenino, sicoanálisis-oralidad. Mercedes Roffé nos propone una poesía que sin explicar la pintura, podría guiarnos en su lectura, aun sin conocer los cuadros de referencia. Ya lo hizo con sus Definiciones Mayas, por si creemos que no va a hacerlo de nuevo: ejercer un orden que puede ser el de la pintura, o el de los diccionarios, sin ser ellos. Como si hubiera encontrado la fórmula para reproducir el arte o la emoción con ceros y unos.

Hacia el final, Amalia vuelve con la figura de Soseki, esta vez en una digresión reflexiva que el protagonista de “Almohada de hierbas” mantiene en un baño de aguas termales. En ese ámbito en donde las apariencias de realidad se confunden con el vapor (que no es bruma), surge la figura de una mujer real que marca un nuevo ritmo, en el agua, en el sonido y en los pensamientos, sacude la indolencia torturada. Insinúa. Autoriza.

Presentacion de Tokonoma 10, por Rafael Cippolini, en el Centro Cultural de Espana en Buenos Aires

Variaciones sobre Tokonoma como Orbis Tertius

Cada uno de los números de Tokonoma es un nuevo capítulo en la construcción de un Orbis Tertius. Y esos capítulos no son sucesivos, sino que van cayendo (lloviendo), como las piezas del Tetris, con una velocidad de gravedad que es propiamente tokonomense.
Tokonoma podría definirse como un grupo de escritores y de artistas cuyo común denominador es el aporte de un abracadabra al Atlas de un Oriente de la imaginación. Esos abracadabras deben entenderse como unidades de exploración: se explora abriendo un territorio. Un territorio que es materia porosa, dispuesto a provocar innumerables ósmosis.

Todo Orbis Tertius tiene su Tlön y su Uqbar.
Los diez números de Tokonoma pueden leerse, además de cómo un Atlas, como la enciclopedia de una fantástica (en el sentido que Novalis proporcionó al término: una ciencia de la Fantasía, la construcción de un saber sobre una fantasía determinada). Esta enciclopedia consta de los diez volúmenes de una revista (los diez tomos de una enciclopedia), de un libro (el Japón en Tokonoma, de Amalia Sato, primer y único volumen de ediciones Tokonoma) que bien puede leerse como el epítome de esa enciclopedia y de un disco (un cd): Puntuaciones musicales para el cuento de Mori Ogai “Sansho Dayu”, el soundtrack o banda de sonido de la enciclopedia.

Amalia Sato se propuso explorar el imaginario de la cultura oriental en general y japonesa en particular. Por eso en estas publicaciones encontramos todo tipo de abordajes (los citados abracadabras), de los que enumeraré apenas algunos, sin ninguna exhaustividad: el ensayo erudito sobre cultura japonesa (tal como lo practican Guillermo Quartucci y la misma Amalia), el estudio de la influencia y diseminación de la literatura oriental (en textos de Haroldo de Campos, John Timoty Wixted, César Aira, Silvio Mattoni, Roberto Cignoni y Mario Levín), el Oriente y el Japón como inspiración (pienso muy específicamente en los poemas de Alfredo Prior y el la saga de Los Señores Chinos de Sergio Pángaro), en traducciones de textos japoneses (Kuwabara, Tanizaki, Ogai, Yoshimura, Komachi, Shikibu, Oe, Zeami, Basho, entre tantos otros), ensayos sobre literatura o cultura de Guillermo Piro, Sosa Días, Raúl Rosetti, Delia Pasini, María Gabriela Mizraje, Victoria Lescano y Paolo Guerrieri, las traducciones de Amalia Sato, Hugo Savino, Roberto Raschella, Arturo Carrera, Silvio Mattoni, Mercedes Roffé, entre tantas, en los poemas de Simona Coral, Mercedes Roffé, Susana Szwarc, Liliana Lukin, María Negroni, Eduardo Espina y Basilia Papastamatiú, la dramaturgia en la obra en colaboración de Héctor Libertella, relatos como los de Diego Posadas y Sofía González Bonorino, las finas estampas de Juan José Cambre, de Osvaldo Monzo y de Sergio Avello y en esa máquina de guerra que es la escritura de Luis Thonis, enérgico polígrafo que actúa como ideólogo, poeta, teórico, polemista, erudito, narrador y analista.
Todos estos nombres pueden utilizarse como un casting apresurado (y siempre provisorio) de nuestro Orbis Tertius.

En su inspiración Lezamiana y tal como lo afirman los versos del etrusco de la calle Trocadero de La Habana, Tokonoma abre hacia la compañía insuperable y la conversación en una esquina de Alejandría.
Todos ustedes saben que la inspiración del nombre de esta revista-enciclopedia-Orbis Tertius proviene de un poema de Lezama Lima, el Pabellón del Vacío.
Y en ese sentido, hace rato que me siento tokonomizado.
Es que antes de la existencia de Tokonoma como revista, yo ya era un muchacho Tokonoma. Y es que Tokonoma es el inconsciente de mi canon adolescente.
En Tokonoma fui desplegando detalles del mi canon de hace veintitantos años: Masako Togawa y el policial como una iluminación de la brutalidad de un haiku, los aforismos de Salvador Elizondo y la inmortalidad de los chinos, Héctor Libertella y el libro de cera de Mallarmé, Xul y el infinito que brota de la opción degenerada, Damo Suzuki de Can manipulado por artefactos de Burroughs y Barthes, el Payo Roqué y la Buenos Aires Bohemia de la época de Carlos Pellegrini traducida a unas vasijas chinas y con el Collège de ‘Pataphysique como escenario y los gauchos budistas como traducción drogada de un improbable Trakl.

A mí particularmente me interesa mucho el oriente imprevisto, o sea: no sólo el oriente imaginado como un planeta personal, sino aquel que aparece cuando menos lo esperábamos.
El oriente que se precipita en el malentendido.
Y como ejemplo, leeré una anécdota que leí cuando aún era un teen, que veinteañeros aceptamos con Sosa Días como una contraseña, un relato que entendí como una parábola zen y desde entonces funciona en mí con la contundencia de un proverbio.
Escribió (en los ochenta) César Aira:

(...) “Recuerdo que una noche caminábamos por el centro (Osvaldo Lamborghini y yo) y cruzamos a una prostituta de las que entonces, hace veinte años, todavía podían verse en Buenos Aires: pintada como un mascarón, cargada de joyas baratas, con ropa chillona, gorda, vieja. Osvaldo dijo, pensativo: “¿Po qué será que los yiros parecen seres del pasado?” Yo oí mal y le respondí: “No creas. Mirá Mao Tsé Tung”. Se detuvo estupefacto, y me dirigió una mirada extraña. Por un instante el malentendido abarcó toda la literatura y más. Han tenido que pasar tantos años y tantas cosas para que yo pudiera leer en esa mirada, o en el pasado mismo, lo que me quiso decir: “Por fin entendiste algo”.

Ese tipo de entendimiento es el que busco en Tokonoma, el satori que hace de un grupo amigable y heterogéneo de gente un Orbis Tertius, que no es ni una ficción, ni mucho menos una utopía sino una práctica.