1.19.2010

Lenora de Barros. Palabras que pican, por Amalia Sato. Nota publicada en Radar, 29/06/2003

Domingo, 29 de Junio de 2003
Plástica _ Palabras que pican / Por Amalia Sato

Heredera del Concretismo –piedra de toque de la modernidad artística brasileña–, la paulista Lenora de Barros presenta en Buenos Aires Ping-Poems, una instalación en la que las formas más rápidas de la palabra –poesía, lema,
slogan– se disparan, flotan o se rinden, tatuadas en la piel tersa de unas pelotitas de ping-pong.
Lenora de Barros (1953) nació y vive en una de las megalópolis más impresionantes del planeta, Sao Paulo, ciudad caótica que ninguna novela de anticipación habría imaginado. Fue allí, en 1922, durante la famosa Semana de Arte Moderno, donde se inició la carrera por la modernidad artística, levantando como bandera el concepto de mestizaje cultural y con la lúdica consigna de la antropofagia, marca de un Brasil que también se realimentaba del neoprimitivismo europeo. (No en vano uno de los primeros bocados de los antropófagos nativos en 1556 fue un obispo, un tal Sardinha). En la década de 1950 tiene lugar, también en Sao Paulo, una segunda operación de vanguardia modernista: la aproximación deconstructiva al lenguaje liderada por los hermanos Haroldo y Augusto de Campos, Décio Pignatari y el suizo boliviano Eugen Gombinger, que formaron el Grupo Noigandres (una palabra provenzal tomada de Ezra Pound). Es un momento de intenso cruce de afinidades donde coexisten la música posweberiana, la indeterminación aleatoria de Cage, la bossa nova, la arquitectura de Niemeyer y Lúcio Costa y las Bienales de Sao Paulo. Es el momento del Concretismo, otro momento central de la cultura brasileña que ya ha festejado sus 50 años.
A través de su padre, Geraldo de Barros –pionero de la fotografía geométrica y artista concreto—, Lenora estaba genéticamente ligada a esa concepción de una nueva sintaxis que proponía el Concretismo, y aplicó su formación de lingüista a la experiencia periodística como directora de arte y fotografía del diario Folha de Sao Paulo y de la Editorial Abril. Interrogada sobre sus influencias, Lenora responde con los esperados nombres de Ligia Clark (lo nacional) y Yoko Ono (lo internacional); sobre todo Ligia, la neoconcreta sensorial que inauguró un giro femenino. Y de su padre, a Lenora le gusta citar un latiguillo que convierte en megacornisa una de las vías de tránsito más intensas del Centro de la capital paulista: “Crear es saltar del Viaducto de Chá y salir caminando”. El eje de sus investigaciones es uno de los postulados de la teoría de la Poesía Concreta: la simultaneidad de la comunicación verbal y no verbal. Así, al recorrer los registros de sus experiencias, Lenora aparece: con pelucas en un cartel con la leyenda Me Busco; con la cabeza cubierta de pasta de dientes, en una parodia de los más discretos cuernitos con jabón de Duchamp; con remera a rayas blancas y negras o un pulóver negro de cuello alto, muy intelectual, mientras recita con amigos poetas y músicos; en una serie más impactante, estirando su lengua en una fellatio con su máquina de escribir que acaba imantando todas las teclas. El debate en torno de la cuestión “vanguardia y subdesarrollo” planteada por el concretismo la muestra en un juego alejado de cualquier fatalismo autopunitivo.
Performer, poeta multimedia y artista conceptual, Lenora es dúctil en el manejo de los medios y los espacios y anima circuitos, pero tiene un peso específico que la singulariza. Está embarcada en un trabajo de cita de fragmentos: la historia familiar, en compañía de Cid Campos –hijo de Augusto de Campos—, Arnaldo Antunes, Joao Bandeira y Walter Silveira, entre otros, se continúa en ella como segunda generación. La 24ª Bienal de Sao Paulo (1998) los tuvo como protagonistas de la instalación sonora La Multimillonaria Contribución de todos los Errores; la galería blanca, el espacio despojado, la apelación a interfases tecnológicas: esa no marca de artista de una modernidad-mundo no es ni puede ser dato de ninguna vanguardia en una modernidad que muchos ya designan como posutópica. 0 lo señala cuando dice que le fascina trabajar en el límite de lo “suelto”, donde nada es lo que parece. Y para ilustrar el tipo de interacción al que apuesta recurre a una popular frase de Chacrinha, teórico performático naïf y animador estrella de la TV de los años ‘60 y ‘70: “Quem nao se comunica se trumbica” (algo así como: “Quien no comunica, se joroba”). Hace ya diez años que las pelotitas de ping pong son para Lenora el soporte onomatopéyico de un juego visual. Debutaron en la exposición en el Mercato del Sale en Milán (1990), Poesia es poca cosa; aparecían en Arte Cidade, donde goteaban del techo grabadas con el lema “La ciudad oxida con un acompañamiento oralizado”; en Territorio Expandido, homenaje a Boris Schneiderman –crítico ruso y traductor al portugués de casi toda la literatura rusa–, y en ¿Qué hay de nuevo, de nuevo, pussyquete?, presas en cajas transparentes y acompañadas de raquetas. Leídas por algunos como óvulos, al principio estaban posadas sobre un almohadón, de modo que daban la sensación de algo muy pesado. De la poesía bidimensional en papel al juego verbívocovisual que se lanza al espacio creando una realidad objetual, Ping-Poems es una antología de situaciones. Allí están, en cajas de plástico con tapas de aluminio, con la inscripción Dividir ideas, multiplicar imágenes; en cajas superpuestas cerradas con candados; protagonizando dos escenas de la imposibilidad en Game is over 1 y 2, donde comparten el encierro con raquetas; luciendo la frase seccionada Debe haber nada a ver sobre planchas de acrílico que penden del techo en un juego de luces y sombras, mientras suena una grabación cuyo tratamiento sonoro es obra de Cid Campos; actuando en el video I am a player de Grima Grimaldi, con una filmación en sinfín.
La obra de Lenora de Barros insiste con una idea que en Brasil es programática: la idea de América como continente condenado a la modernidad. Propone devorar el legado cultural universal críticamente, según el punto de vista del “mal salvaje”; hacer replays y rewinds permanentes; resetear apelaciones ya históricas mediante un juego de apropiaciones, expropiaciones y desjerarquizaciones. Y reivindica la lengua portuguesa activándola con la brevedad del cartel, el lema, la etiqueta o la publicidad. Lenora de Barros instila la palabra. Como lo hiciera el vate Luis de Camoes en el siglo XVI, cuando invitó a cenar a los miembros de la Corte portuguesa, pidió prestados a un amigo copas y vajilla de plata y en cada plato puso una hoja de papel en la que había escrito: “Te alimento con poesía”.

Ping-poems de Lenora de Barros.
Curaduría: Karina Granieri.
Fundación Centro de Estudios Brasileños,
Esmeralda 965. De lunes a viernes de 10 a 20,
sábados de 10 a 13. Hasta el 1º de agosto.
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1.10.2010

Kawabata. Historias en la palma de la mano

Por Antonio Saborit

Es difícil resistir al encanto de un libro de cuentos breves que se presenta bajo el título Historias en la palma de la mano (Emecé Editores). Menos si en la misma mesa de la librería se ofrecen además otras obras del mismo Yasunari Kawabata (1899-1972), como El maestro de go, Mil grullas, País de nieve, Lo bello y lo triste, y hasta un volumen con su correspondencia con Yukio Mishima.

La mayor parte de Historias en la palma de la mano, traducidas y prologadas por Amalia Sato, provienen de las decadas de 1920 o 1930, si bien el volumen recoge también una suerte de reducción de la novela País de nieve a las dimensiones de un relato fechado en 1972. Obra de la juventud de Kawabata, muchas de estas historias ofrecen diversos registros de la manera en la que siempre abre la flor del delirio cuando la alimenta el suelo del tedio humano, y casi todos sus personajes se mueven en espacios densos y bajo relaciones impredecibles en un orden social estricto, más bien rural que urbano, en buena medida tradicional y aoblado de mujeres de todas las edades aunque a la sombra del peso del pasado. Algunas historias transcurren al cobijo de carros tirados por caballos o bien entre pabellones y aguas termales, cosidas por las sorpresas de la sensualidad; otras en sobrepoblados vagones de tren, agitadas por la velocidad de lo más efímero, la vida moderna. No son pocas las que incluyen el tema de la ceguera, que como apunta el mismo Kawabata no necesariamente es sólo la que se padece con los ojos, como tampoco se deja de advertir el interés de Kawabata en las inopinadas tramas de los hilos del destino. Y la violencia, en cualquiera de sus formas, ordena todos los equívocos.

De esta colección de Historias en la palma de la mano transcribo una de las más breves. Es muestra de la capacidad de síntesis de Kawabata, desde luego, pero también de la destreza narrativa que cabe desplegar en un pañuelo.



7.1924. Cabelleras (Kami)

Una muchacha sintió la necesidad de arreglar su cabello.
Es algo que sucedió en una pequeña aldea en lo profundo de la montaña.
Cuando llegó a la casa de la peluquera, se sorprendió. Todas las muchachas de la aldea estaban agolpadas allí.
Esa noche, cuando las antes descuidadas cabelleras de las jóvenes lucían impecables con sus peinados con forma de durazno hendido, una compañía de soldados llegó a la aldea. Fueron distribuidos en las casas por el oficial de la aldea. En cada casa hubo un huésped. Tener huéspedes era algo tan raro, que por eso tal vez todas las muchachas habían decidido arreglar sus cabelleras.
Por supuesto, no sucedió nada entre las jóvenes y los soldados. A la mañana siguiente, la compañía dejó la aldea y cruzó la montaña.
Y la agotada peluquera decidió tomarse cuatro días de descanso. Con la placentera sensación que produce haber trabajado duro, la misma mañana que los soldados partieron, y cruzando la misma montaña, ella viajó sacudida en un carromato tirado por caballos para ir a ver a su hombre.
Cuando llegó a esa aldea ligeramente mayor al otro lado de la montaña, la peluquera del lugar le dijo:
- Qué bueno, has llegado en el momento exacto. Por favor, ayúdame un poco.
También allí, las muchachas se habían congregado para componer sus cabelleras.
Al final de otro día de trabajo en peinados con forma de duraznos hendidos, ella se dirigió a la mina de plata donde trabajaba su hombre. Apenas lo vio, le dijo:
- Si fuera tras lo soldados, me haría rica.
- ¿Pisarles los talones a los soldados? No hagas bromas de mal gusto. Esos mequetrefes con sus uniformes de marrón amarillento. ¿Estás loca?
Y el hombre le dio una cachetada.
Con un dulce sentimiento, como si su exhausto cuerpo hubiera estado entumecido, la mujer le lanzó una mirada salvaje y penetrante a su hombre.
El nítido y potente toque de clarín de la compañía, que había cruzado la montaña y ahora iba bajando en dirección a ellos, hizo eco en medio del crepúsculo que iba envolviendo la aldea.

Fuente: El Ángel de Reforma / Las alas del deseo / México
Domingo, 11 de enero de 2009