2.10.2010

El tren ya paso. Por Diego Posadas. revista tokonoma 10.

El tren ya pasó
Por Diego Posadas


Son las diez de la mañana, estoy preparándome un café batido, en el sótano de la Librería Rodríguez. A esta hora los dueños todavía no han llegado y la mayoría de los empleados disfrutamos de una breve sensación de libertad. Mis compañeras del salón de ventas aprovechan para ponerse al día sobre hijos, escuelas, maridos; lo mío es inventar una excusa, un envío atrasado para algún cliente, bajar las escaleras, poner agua a calentar y buscar algún solitario rincón del sótano para batir mi café instantáneo. Solo después de este ritual ya me siento despierto del todo y con el humor necesario para subir al salón y encarar a los clientes del día.
Esta mañana, mientras estoy bebiendo los primeros sorbos, suena el teléfono en el fondo del depósito y enseguida la voz de Cristian, el encargado, me dice que me buscan. Voy hasta el aparato y tomo el tubo, la cajera me pide que suba al local, porque mi madre me está buscando.
¿Está ahí, con vos?

Dejo la taza sobre un escritorio y camino hacia las escaleras.


A los seis años, el día que mi abuelo murió, un día de invierno de 1980, aprendí de la mano de mi madre y para siempre, que cuando un familiar aparece inesperadamente en el lugar menos pensando, para buscarte, es que algo malo sucedió.
Cuando la veo en el local, observando el piso con rostro serio, acelero el paso. Son unos pocos segundos, ella no se atreve a empezar a hablar y yo contengo preguntas desesperadas. Es increíble que en tan poco tiempo puedan desfilar tantas imágenes de seres amados en peligro, en un incomprensible orden de aparición. Finalmente mi madre habla:
Tu papá
¿Qué pasa?
Hace el gesto que me temía, un gesto muy suyo, una sonrisa temblorosa, como un sí y un no al mismo tiempo, que intenta contener de antemano el dolor del interlocutor ante unas palabras que inexorablemente vendrán, una sonrisa que por lo general no logra su objetivo, detener el propio sufrimiento, y se cubre de lágrimas.
¿Qué? ¿Qué pasa?
Tuvo un accidente, está muy grave.
No le creo, sé que mi viejo se mató y lo pregunto.
Está... muy grave
Termina de decirlo y me abraza.


Juan me pregunta si comí algo. No sé, le contesto. No lo recuerdo. Hace varias horas que estoy en este salón y me siento mareado. Se ofrece para traerme algo y yo le pregunto si está con el auto. Me contesta que sí y parece alegrarse de poder hacer algo. Me pongo de pie y busco a mi hermano, que está a pocos metros, semidormido en un sillón.
¿Vamos a un kiosco, a comprar unos sandwiches?
Abre los ojos y sin decir palabra recoge su campera. Siento la necesidad de avisarle a alguien que salimos por un rato, pero no sé a quién.
Es un pequeño recreo, desde el Volkswagen las calles de Barracas se ven oscuras, pero las luces rojas de los automóviles dan una borrosa idea de perspectiva. Llegamos a un puesto de comidas para taxistas en una estación de servicio. Comemos unas hamburguesas, hace frío, nos reímos de algún chiste que hoy no puedo recordar.


Aún no amaneció cuando mi tía Haydeé sale de la casa funeraria para buscar el diario recién impreso. Regresa a los pocos minutos con un ejemplar de Crónica bajo el brazo. Se sirve café y se sienta en uno de los sillones de la sala de estar. Avanza rápidamente las hojas hasta la sección policial y allí encuentra lo que buscaba, la noticia.
¡Acá salió!, se dice a si misma y todos la escuchamos. Me produce cierto malestar verla, colocándose sus anteojos con ansiedad. Lee durante un minuto, en silencio. Después llora. Llora ruidosamente, con el diario arrugándose en su mano, apretujado. Mi primo se acerca y la abraza.
Pará un poco, viejita, le dice.


Como la mayoría de los colectiveros mi viejo era lector de Crónica. Siempre que podía compraba el ejemplar vespertino y se metía en un bar de la Boca cercano a la terminal de la 152. El resultado de las carreras o un inminente atentado. Lo llevaba bajo el brazo, es una imagen que retengo de él, la camisa celeste, la cartera de cuero negra, el Crónica doblado. Ahora, cuando hojeo el diario que mi tía dejó abandonado sobre un sillón no siento rechazo por mi propia curiosidad, y tampoco puedo evitar un pensamiento absurdo: si no se hubiera quitado la vida mi viejo probablemente hoy estaría leyendo otra noticia que ocuparía su lugar. Para los redactores del suplemento policial la noticia de su muerte no mereció un lugar privilegiado. Otro suicidio más espectacular ganó la página. Un hombre que intentó matar a su mujer y luego se pegó un tiro. Ilustrada con una foto de la casa en donde ocurrió la tragedia, la nota termina y aparece un pequeño recuadro; allí sí hablan de él. “Otro se tiró del Puente Avellaneda”. Me golpea esa frase, redactada a las apuradas por algún periodista que seguramente recibió las mismas palabras que nos dijeron en la comisaría, pero telefónicamente y como un trámite más.
Cómo aceptar que nuestro padre sea otro muerto del Crónica, uno más en la fosa común de los días de su diario favorito.


Desde uno de los autos grises, con un suspiro celebro la aparición de esa guirnalda de ropa sencilla. Como una paleta de colores tendida sobre una soga, en una terraza, que la mañana ofrenda para entretejer o reconstituir el mundo desde allí. La noche y sus mareos quedan un poco atrás, son las nueve o las diez de la mañana. En el coche de los familiares más cercanos, el segundo de una breve caravana por una ciudad nueva y desconocida, mi hermano y yo observamos en silencio los edificios, las veredas, los caminantes, el cielo claro, acaso demasiado limpio esta vez, entre las ramas que pasan. En algunas esquinas la gente se detiene por un instante para persignarse ante el coche, ante un nombre. Un hombre desconocido, escondido para siempre de sus miradas. Yo agradezco ese gesto, esa complicidad. Ana, la mujer de mi viejo mira hacia adelante. Por la ventanilla veo a mi amigo Andrés pedalear en su bicicleta. Fue el último en llegar al velatorio, justo antes de que la comitiva iniciara el trayecto hacia el cementerio. Escapó de una guardia nocturna en su trabajo. Llegó y me abrazó sin decir palabra. Los choferes aguardaron el saludo e inmediatamente indicaron con un gesto, amable, protocolar, que ya era hora de partir. Ahora Andrés pedalea con todas sus fuerzas siguiendo los autos. Se mantiene lo más cerca que puede, lo veo en el espejo retrovisor. De pronto los coches aceleran demasiado, y él tiene que detenerse. Con un brazo en alto hace una señal de despedida.


Pasan los días reglamentarios de duelo y me reincorporo al trabajo. Cada abrazo de los compañeros, los gestos tímidos de algunos, cada silencio, son caricias inmensas que rozan algo que cambió para siempre. En mí, agradezco a cada uno sin palabras. Subo las escaleras rápidamente y me pongo a trabajar. Ordeno libros en los estantes, busco algo para limpiarlos. No tengo ganas de atender clientes, ni de conversar. Necesito ocupar la mente en algo abstracto, juntar polvo con un trapo anaranjado. Cerca del mediodía, veo a Juan atravesar la puerta del local. El viejo Rodríguez, como es su costumbre, sospecha de él y lo sigue desde la planta baja al salón de ventas en el primer piso. El viejo Rodríguez siempre ve en mis amigos a un posible ladrón. Eso me divierte y enfurece al mismo tiempo. Dejo correr un par de minutos, a propósito, antes de acercarme; el viejo Rodríguez como un perro de policía olfatea los movimientos de su sospechoso. Juan me busca, le pido que me aguarde un momento, se arrima a los estantes de poesía y toma un libro. El guardián avanza un poco más. Como haría cualquier cliente que se siente asediado, mi amigo gira la cabeza para mirar al viejo a la cara. Me acerco y nos abrazamos durante un buen rato. El viejo se aleja, tal vez avergonzado. El abrazo entonces ya no es contra el patrón, se convierte en una trinchera y me olvido dónde estoy.
¿Estás bien?
Sí, bien
¿A qué horas salís a almorzar?
No sé, ya, voy a avisar
Salimos del local abrazados. Caminamos hasta Lavalle y entramos en la pizzería Roma. Mientras el pedido llega, Juan saca de una carpeta unas impresiones que hizo de un rastreo en internet sobre Akutagawa. Son haikus. Yo nunca había oído hablar de los haikus. En unos pocos minutos Juan me explica la métrica, las claves, algo de la historia y de la evolución del género. El tampoco sabe tanto, en realidad se topó con ellos buscando otra cosa. Me parece un juego, así es como Juan me lo hace ver. Me muestra unos suyos y unas traducciones que hizo del inglés, entre ellas, el haiku del viejo estanque y la rana que salta. Hablamos de esas miniaturas durante todo el almuerzo, incluso nos animamos a componer unos haikus a dúo. Terminamos la comida y salimos a la calle, el sol, los colores de la gente. Vuelvo a mi puesto con ganas de saber más sobre estos pequeños poemas. En la librería encuentro un libro de Issa Kobayashi. Me paso la tarde leyéndolo. Luego intento componer un haiku y me animo a escribir: El viejo beso / susurró ¿qué palabra? / Amanecerá.
Son varios meses, casi un año en torno al haiku. Harto de mi trabajo, renuncio y viajo al sur. Con Mónica, a ella la echaron. En cualquier lugar, a cualquier hora, en las noches de insomnio, en la montaña, busco algún papel y me siento para escribir. Es como un remedio, ella dice.
Hago haikus solo y, a veces, con amigos: un verso cada uno. Así van juntándose. A fines del año 2000 reúno los 36 que más me gustan y hago una pequeña antología casera que reparto en una terraza alrededor de un pequeño fuego. Mónica ya no está.


Cuatro años después, mi hermano y yo hacemos un viaje en tren a Zárate, para firmar unos papeles. Zárate es el pueblo en donde el viejo pasó varios años de su infancia y en donde vivió el abuelo, un tipo muy severo, al que nunca conocimos. Cuando el hombre murió, los tíos de Zárate pusieron en venta su casa. Nos dicen que parte de esa herencia nos corresponderá el día que se concrete la venta. Pero no pensamos en eso sino en la extraña situación, compartir este viaje de un día, gracias a un trámite legal inesperado. Mi hermano y yo jamás hubiéramos programado algo así. Miramos a través de las ventanillas del tren en silencio, comentamos algunos detalles de las estaciones, que a medida que el trayecto avanza parecen cada vez más precarias. Luego, a partir de un momento, el paisaje se vuelve campo, casitas, árboles inclinados por el viento, alguna fábrica. Es un viaje gris, pero a lo lejos se ve una grieta de claridad en el cielo. El vagón no tiembla mucho, saco un anotador y por una vez mi hermano y yo compartimos el juego de escribir algo juntos. Entre los dos, un par de haikus. Los recuerdo bien:
Aquel caballo / bebiendo su reflejo / cubierto de hojas
El charco une / nubes y renacuajos / respetándose
Luego mi hermano toma el lápiz y escribe un haiku él solo:
El niño espera / con piedras en sus manos / el tren ya pasó


Un recuerdo o un sueño. Invierno. Duchándome en la casa de papá. Destapo la botella de champú. La crema de enjuage. Todo tiene un olor suyo. Cierro el agua. Apoyo los pies sobre una toalla. Busco en el botiquín la crema de afeitar. Uso su brocha, me afeito, tranquilo. Un golpecito en la puerta.
Hasta mañana, hijo -me dice.
Abro la puerta. Hasta mañana, pa. ¿A qué hora entrás a laburar?
A las tres.
Despertáme y te saludo.
Mejor dormí.
Nos miramos a los ojos en silencio. Leo un gesto de cansancio muy antiguo.
Me besa en la frente para no mancharse.

Los senores chinos de Sergio Pangaro. Con cintas adhesivas en las sienes. Por Diego E Suarez. Diario El Litoral Santa Fe, Argentina, 22/12/2007.

Los senores chinos:
Con cintas adhesivas en las sienes


Quien conozca a Sergio Pángaro como líder de la banda Baccarat -es decir, como un crooner latino que entona boleros y canciones kitsch con voz melífera y atuendos de dandy-, encontrará una propuesta diferente en los poemas narrativos de "Señores chinos".

Un narrador de mirada romántica, atribulado por un amor no correspondido, nos lleva de visita a conocer al señor Tao, al sabio e inmortal señor Wo -criado del señor Tao-, a Kono, al señor Fu, al misterioso señor ( ) y al anciano Sabio Po -quien, en realidad, no es lo que aparenta.

Estos personajes habitan un mundo idealizado, escasamente amueblado, de paisajes y ámbitos nebulosos, donde en primer plano aparecen la voz del narrador y la de sus interlocutores. Esta relevancia de la trama dialógica hace que cada poema semeje la recreación de una escena teatral montada para un único espectador: el lector.

La parsimonia rítmica de los versos le da a la narración un aire de prosodia oriental -o algo que, con cierta inocencia, podríamos imaginar como tal; ya lo dice el narrador, cuando intenta comunicarse con un chino que no domina el español: "es la cadencia de las palabras/ lo que (pienso) puede ser más eficaz". Esto, sumado a las imágenes y a los diálogos sobre tópicos como el Amor, la Poesía, lo Correcto y lo Incorrecto, o la Belleza, concede a cada poema una atmósfera de ensueño: "-Traes el olor de la calle./ Con esto, el señor Tao,/ se estaba refiriendo a los inciensos/ que habían penetrado mi cárdigan/ en la tienda de ultramarinos./ Hasta yo podía notarlo/ en ese ambiente con olor a nada".

En el mundo de los "Señores chinos", la realidad parece no tocar el suelo. Tal vez por eso, estos señores no ocultan su esencia de "cuentos chinos". No niegan su inverosimilitud, ni les interesa documentar la vigencia de una cultura milenaria; tampoco buscan enseñarnos algo (según el señor Tao, "enseñar algo a alguien/ es por lo general/ una situación incómoda"); nos ofrecen, en cambio, la posibilidad de jugar con el estereotipo que la cultura occidental se formó de lo oriental: las frases sentenciosas, la cadencia al hablar, los apólogos sapienciales, el té, el sushi, el sake, las mesitas bajas, y hasta, sin ir tan lejos, las pomadas chinas y los mercados de importados.

Amalia Sato escribe en la contratapa del libro: "Sin haber estado allí, Judith Gautier, la hija de Théophile, escribió un notable diario de viaje por Oriente. Sin haberlos presenciado, compuso dramas chinos y japoneses. Así obra Sergio Pángaro". Por algo el narrador usa cintas adhesivas en las sienes: para achinarse los ojos.

En la primera de sus "Seis propuestas para el próximo milenio", Ítalo Calvino se refirió al ágil, repentino salto del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su gravedad contiene el secreto de la levedad. Éste es un razonamiento que resulta típicamente oriental: la complementariedad de los contrarios; la gravedad que guarda el secreto de la levedad. Y eso es, precisamente, lo que ofrecen los "Señores chinos" de Sergio Pángaro: nos invitan a hacer un paréntesis en medio de la pesadez cotidiana para respirar la levedad de una construcción imaginariamente oriental que flota ligeramente "sostenida sólo por el aire".

Diego E. Suárez
El Litoral, Santa Fe, Argentina. 22/12/2007



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2.06.2010

Elogio de la tintorería “tradicional” porteña . Por Marcelo G. Higa (desde Yokohama, Japón). Publicado en La Plata Hochi, Buenos Aires, 8/10/2009

I Olores perdidos

El olfato es quizás el menos estimado de los sentidos. El auditivo, funciona a tiempo completo y rara vez nos abandona. El tacto, nos moviliza y conmueve. Por el gusto, se pueden gastar fortunas. Y la visión, qué duda cabe, es la indiscutible reina del mundo moderno. En este conjunto, los olores son de una entidad más bien dispersa. Cuando uno escucha a los sommeliers describir las cualidades de un vino, no puede sino maravillarse ante la imaginación de esa gente. Pero por lo general, en materia aromática, fragancias y perfumes tienen espacio limitado y el tópico suele agotarse en disquisiciones más bien banales acerca de vaharandas nauseabundas y tufos hediondos. Los olores, parecería, son casi prescindibles en nuestras vidas.
Sin embargo, hay olores que se registran en algún lugar del cerebro y permanecen como referencias nítidas ligadas a tiempos y lugares de nuestra experiencia. Por ejemplo, si me dejaran en este momento con una venda en los ojos en medio del andén de la estación Catedral de la línea D, solamente por el olor creo que acertaría la ubicación. El “olor a subte” porteño es inolvidable, hasta me animaría a decir inconfundible. Hay olores que a la distancia se particularizan y, como una magdalena proustiana, cobran estatus de potenciales extractos narrativos.
El solvente, el olor a solvente, provoca en mí el recuerdo de la tintorería de mis padres. El vago aroma a hidrocarburo que de chico impregnaba el aire de mi casa no era un perfume de rosas, pero el leve toque tóxico tampoco resultaba del todo desagradable. Ese olor enmarca todavía hoy una perspectiva de pibe en donde la “máquina de planchar”, el “tumbler”, secadores centrífugos y lavadoras sobresalen como fondo de una playroom montada ad hoc en el negocio de los viejos.
En ese universo, la plancha de la tintorería, con sus palancas, pedales y nubes de vapor, se transformaba sin demasiado trámite en una nave espacial (tiempos de Apollos y Julio Verne), y las máquinas lavadoras, con sus tanques, caños, relojes y válvulas, eran lo más próximo a un submarino. La precoz imaginación no carecía de ciencia. El solvente mezclado con diferentes líquidos y pastas desmanchadoras servía como base para experimentos químicos que si bien nunca llegaban a producir la buscada explosión (¿el “espíritu de época”?), muchas veces alcanzaban entusiastas temperaturas. Y, en un plano más candoroso, jugar a la escondida en la tintorería en penumbras, un sábado a la noche o un domingo, en el momento en que las persianas bajas impedían la entrada de la luz, era tan apasionante como hacerlo en un bosque.
La “tintorería tradicional” (o sea, entre nosotros, la “japonesa”), ese lugar infaltable en cualquier postal barrial porteña del siglo XX, ha sido últimamente objeto de una intensa polémica pública (v. Ruchansky, Emilio “Los trapitos que quedaron sucios“, en Página 12, 26-05-2009). Las pocas tintorerías que quedan resistiendo los embates de la globalización y la nueva consciencia ecológica, están siendo cercadas por multas sino desatinadas, al menos desproporcionadas. Finalmente, su obsolenscencia parece haber sido oficialmente decretada. Todo por el solvente.

II Evolución de la tintorería japonesa en el paisaje urbano de Buenos Aires

La tintorería fue, sin dudas, el principal vehículo de los inmigrantes japoneses para lograr una inserción más o menos exitosa en la sociedad argentina del siglo XX. Su desarrollo empalma con los procesos de urbanización y modernización de Buenos Aires, y finaliza (o casi) con la reciente debacle económica. Su historia es parte fundamental de la trayectoria del grupo, pero también, en cierto modo, refleja expectativas, valores y objetivos de un país que se hizo y deshizo en los últimos cien años. Un repaso de su evolución tal vez sirva como punto de partida para pensar sus logros y límites que, en gran medida, forman parte de la herencia colectiva de la sociedad que vivimos.

(1) Orígenes: de los repasadores a la plancha
Aunque a muchos les parezca mentira, los japoneses no nacieron tintoreros. Sus precursores se encuentran en los chinos que llegaron en la segunda mitad del siglo XIX al Far West norteamericano. Mientras buscaban oro y tendían ferrocarriles, descubrieron un nicho ocupacional en oficios que en la mentalidad de la época eran asociados al trabajo femenino. En ese mundo más bien de hombres, los chinos no dudaron en asumir las labores que los rudos cowboys atribuían a las lavanderas y cocineras. Desde entonces, la identificación del “laundryman” con los orientales se convirtió en un lugar común del imaginario wasp norteamericano. Hop Sing, el legendario empleado de los rancheros de Bonanza, es el estereotipo que estupidiza fatalmente al grupo, un personaje emparentado en estas orillas con el desafortunado Takayama Mentiloso, quien a principios de los 70 diera letra a tanta burla cruel contra los poseedores de ojos almendrados.
Nuestros pioneros antepasados provenían fundamentalmente de aldeas agrícolas. Pero su llegada a Buenos Aires allá por los años del Centenario provocó un boom tal que las clases acomodadas de la sociedad porteña, influídas por el exotismo oriental en boga en Europa, sintieron inmediatamente una suerte de curiosidad-capricho por ellos. Desde su desembarco, la simple mención del gentilicio “japonés” agregaba valor a cualquier novato que se ofreciera como mucamo, valet, cocinero, jardinero, casero o mozo (ver para comprobar los clasificados de la época), independientemente de su habilidad, experiencia o calificación para la tarea. Es probable que si ya desde la década del 10 los japoneses tuvieron una presencia social mucho mayor que la que su reducido número podría sugerir, haya sido gracias al esnobismo de nuestra oligarquía y sus émulos advenedizos. A veces, los estereotipos pueden capitalizarse.
Pero entre friega, plumero y lampazo, los que habían llegado para hacer unos mangos y mandarse a mudar en el tiempo más corto posible, se enfrentaron a dos realidades imprevistas. Una, en Argentina había techo, comida y trabajo, pero el ahorro no llegaba tan rápido como se había pensado. Y dos, Buenos Aires no era, después de todo, tan mal lugar para vivir.
En aquellos años el país no paraba de exportar y necesitaba de los brazos inmigrantes. Además del servicio doméstico y de los mozos, muchos japoneses y algunas japonesas encontraron sus primeros trabajos en la fábrica de alpargatas de la Av. Patricios, en los frigoríficos del Riachuelo, o en talleres metalúrgicos como el de Vasena, el epicentro de la Semana Trágica. Minoría dentro de las minorías, su ámbito laboral, proyectos y expectativas no diferían sustancialmente de los de miles de contemporáneos que llegaban a Argentina para hacer la América. Eran tiempos en que en los conventillos de Barracas y la Boca los japoneses se hacinaban codo a codo con otros grupos de recién llegados aprendiendo el cocoliche antes que el castellano.
Buenos Aires era, por otra parte, la orgullosa “París de Sudamérica”. Ya había Avenida de Mayo, subte, cines, coches, zapatos, saco y corbata, vestidos y peinados “modernos”, pequeños lujos y experiencias difíciles de imaginar en la rural aldea natal. La sensación de estar en el “mundo desarrollado”, aunque fuera en la periferia de la periferia, agregaba atractivo a una estadía que en principio se consideraba temporaria.
Argentina era, de todos modos, como una casa a medio construir: necesitaba de todo. Y esta gente que había cruzado medio mundo para cambiar su vida no podía dejar pasar las oportunidades. De ahí que, cuando a fines de la década del 10 las huelgas obreras y la desocupación de la primera posguerra empezaron a enrarecer la situación del trabajador asalariado, la estrategia de enriquecimiento de los inmigrantes fuera inclinándose hacia el “cuentapropismo”, una forma de ganarse la vida que tenía tanto de trampolín como de salvavidas.
Hombres de campo al fin, apenas avistaron un cacho de terreno libre muchos no resistieron el seductor llamado de las pampas y se pusieron a labrar la tierra en las chacras de los alrededores de la ciudad, o empezaron a plantar macetas para llenar de flores a la elegante Buenos Aires. Entre los que prefirieron permanecer en la ciudad, algunos se inclinaron por asociarse para administrar bares, métier asimilado durante años de mozos y lavacopas. Y otros, envalentonados por la buena fama lograda en el servicio doméstico, casi fundaron un rubro hasta entonces poco desarrollado: los talleres de lavado y planchado de ropa, o sea, la tintorería.

(2) Expansión: el capítulo japonés de Del Centro a los barrios
A principios de la década del 20, las primeras tintorerías japonesas de la ciudad se iniciaron como un servicio más o menos exclusivo (“de lujo”, según el marketing de la época), concentrándose en la zona del Centro o Barrio Norte. De esta zona privilegiada paulatinamente irían esparciéndose por toda la ciudad hasta convertirse en un lugar clásico del perfil barrial de Buenos Aires.
Desde los inicios los locales evidenciaron el origen japonés de sus dueños: nombres inequívocos como Tokio, El Sol Naciente, o simplemente El Japonés, funcionaban como marcas que garantizaban la calidad del trabajo. Una identidad que se enfatizaba en el decorado de láminas con ilustraciones típicas, adornos de sugerencias orientales y, naturalmente, la inconfundible cara y acento del dueño.
El staff por lo general estaba compuesto por una combinación de atendedoras y planchadoras locales con abundante personal japonés en las tareas que demandaban menos técnica y más trabajo físico, como el lavado, todavía basado en agua, jabón, cepillo y mucha friega. Como el número de mujeres inmigrantes era considerablemente inferior al de los varones, no era raro que la relación patrón empleada derivara en otra sentimentalmente más pareja, celebrada en los tempranos matrimonios “mixtos” que se harían menos frecuentes con la ampliación de la inmigración femenina.
Promediando la década, el exito de los locales pioneros convirtió rápidamente al oficio en la opción predilecta de los inmigrantes japoneses que buscaban alejarse de la inestabilidad del trabajo asalariado, aun en los casos de aquéllos sin demasiados recursos. El oficio se aprendía a ojo y en curso acelerado en el local de algún paisano, quien al cabo de un tiempo respaldaba la independencia del aprendiz, que empezaba a trabajar por su propia cuenta y continuaba la cadena formativa.
“Cuentapropismo” suena quizás como instancia superadora del trabajo asalariado, pero más que un paso hacia la pequeño-burguesía, por entonces resultaba apenas un medio de supervivencia o, en los mejores casos, una forma de ahorro a mediano plazo. Al cabo de un par de años en el país trabajando en relación de dependencia, la situación que el inmigrante se planteaba era: te quedás sin laburo o el que tenés no te deja suficiente dinero, ¿cómo seguís? Solución: primero, hacés una “vaquita” con compatriotas (en realidad, se trataba de un sistema tradicional de “crédito rotativo”, pilar financiero de la colectividad). Con lo recaudado, alquilás un local y te comprás una plancha. Y le agregás lo único barato y abundante: mucho trabajo manual. Simplificado, éste habría sido el móvil y mecanismo inicial que popularizó la profesión entre el pequeño grupo de inmigrantes.
El sueño del negocio propio era, más allá de la calidad de vida que asegurara, una empresa factible incluso para el inmigrante que había llegado con lo puesto. Por esos años Buenos Aires crecía horizontal y verticalmente. Las viviendas se reducían y los espacios para el lavado de la ropa se achicaban. La familia tradicional se modernizaba. Paralelamente, las grandes tiendas ampliaban el mercado de la vestimenta, popularizando atuendos que hasta hacía poco habían sido privativos. La emergente clase media se ensanchaba y hacía lo posible por lucir como tal. Las demandas fashion de los nuevos ciudadanos exigían nuevos servicios. Camisas y cuellos de máxima firmeza y blancura, sombreros impecables, pantalones con “raya” cláramente marcada formaban parte de las apariencias que higienistas y moralistas atribuían a la gente decente o, al menos, a aquéllos que aspiraban serlo. En ese contexto, las tintorerías japonesas no daban abasto.
Entre finales de los años 20 y principios de los 30, en el Centro y Barrio Norte había zonas con dos, tres locales en un radio de pocas manzanas. Cuando estos barrios de sectores más o menos pudientes se saturaron, las tintorerías fueron expandiéndose hacia lugares más alejados: Palermo, Monserrat, Belgrano, Flores, Boedo, Villa Devoto, Caballito... como persiguiendo la ola del desarrollo urbano y el ascenso social de sus habitantes. A menor densidad poblacional, mayor distancia entre los locales. Pero la demanda del servicio no se agotaba y los negocios se dispersaban por toda la trama de la ciudad.
El paso a la independencia probó ser una estrategia acertada. Pero a los pocos años, hubo que enfrentar otras decisiones. Con el negocio ya funcionando, una vez saldadas las deudas iniciales, era posible vender el fondo de comercio a un compatriota y regresar por fin al terruño con alguna fortuna. O quedarse un poco más y seguir apostando al progreso social y económico.

(3) Estabilidad: maquinización, casa propia y nueva clientela
Hacia la década del 30, el horizonte laboral en Argentina se presentaba lo suficientemente optimista como para impulsar, sino la radicación definitiva, al menos una extensión de la estadía. A la estabilidad ocupacional se le sumaba la consolidación de la “colectividad”, con una densa red de asociaciones, periódicos, escuelas de japonés y numerosos grupos recreacionales y profesionales que facilitaban la vida social del inmigrante. Y sobre todo, la buena aceptación en la sociedad barrial, en donde no se registraban conflictos graves o casos de discriminación violenta como sí ocurría en otros países.
Para muchos japoneses, el momento coincidía con el de otras decisiones, como la de contraer matrimonio. La inmigración, que en sus inicios había sido de unas pocas familias y muchos varones solteros, llegaba a un punto de madurez en que los muchachos querían novias japonesas. Los más afortunados podían permitirse regresar a Japón para casarse y volver, aunque el recurso más frecuente fue el “llamado”. Las “cadenas migratorias” se activaron entonces para traer a esposas y novias, quienes llegaban con las ilusiones que desde hacía años remesas y casas con techos de tejas habían dejado grabadas en el paisaje del pueblo.
Los hijos de estas uniones nacidos en el país eran, según la doctrina del jus solis, automáticamente argentinos, aunque solían acceder a la nacionalidad japonesa mediante la inscripción consular. La persistencia de la idea de regreso se reflejaba en esta práctica, así como también en la costumbre de enviar anticipadamente a cónyuge y críos para que éstos empezaran la escuela en Japón, cuando la situación económica lo permitía. Pero lo común era que los hijos de los inmigrantes ingresaran en la escuela pública, en donde aprendían los rudimentos del ser argentino.
Las circunstancias, de todos modos, inclinaban la balanza hacia la prolongación de la experiencia argentina. En Japón, las condiciones que habían motivado la emigración no se habían modificado sustancialmente. Una mala cosecha podía hundir a una aldea en el hambre. Sumado a esto, los avances del militarismo prenunciaban un clima bélico que para el campesino no significaba, más allá de dar la vida por la patria, sino la pérdida de un valioso tiempo de trabajo. En este contexto, los alicientes para permanecer en Argentina fueron prevaleciendo sobre los del regreso.
El negocio de la tintorería ingresaba asimismo en un proceso selectivo que apartaría a los emprendimientos más precarios en favor de proyectos de más largo aliento. Los cambios en la moda y el material del vestido promovieron un salto tecnológico que exigió un aumento de la inversión, con la consiguiente postergación de los planes de regreso. A partir de la incorporación de la plancha-prensa y las máquinas para el lavado “a seco”, la tintorería ingresaba en un nuevo estadio durante el cual se consolidó la organización típica que prevaleció hasta años recientes. Es decir, el propio dueño se hizo cargo definitivamente del planchado y el manejo de la lavadora a seco, junto a su esposa en la recepción y entrega de las prendas, más el trabajo de paisanos en el lavado manual y el de otros miembros de la familia en menesteres varios.
La transición hacia la radicación se aceleró a partir del ascenso de Perón. La legislación favorable a los derechos de los trabajadores, por un lado, puso límite a la explotación indiscriminada de los empleados que había prevalecido hasta entonces. Esto impulsó la maquinización y el achicamiento de los emprendimientos, al mismo tiempo que fomentó el cambio de rubro de muchos administradores de bares, cuyo principal rédito se había sostenido hasta entonces en la disponibilidad de la ahora controlada mano de obra barata.
Paralelamente, el congelamiento de los alquileres activó el movimiento inmobiliario, facilitando el acceso a la propiedad de los que hasta entonces habían sido inquilinos. Los nuevos propietarios por lo general se asentaron en zonas de desarrollo reciente, vecindarios más humildes pero más baratos. Las casas originales se reformaban habilitando los ambientes a la calle para el local-taller, dejando la vivienda en la parte trasera. Esta distribución sería la planta típica de los hogares tintoreros japoneses.
El aumento de los negocios en los barrios periféricos de la ciudad y en el Gran Buenos Aires estuvo respaldado por la aparición de una nueva clientela: la clase trabajadora accedía ahora a un grado de bienestar que le permitía a ella también solicitar los servicios del tintorero. En el conurbano obrero las flamantes tintorerías trabajaban tanto más que las de los barrios acomodados de la ciudad.
Bajo estas condiciones favorables, el grueso de los inmigrantes japoneses se inclinó hacia la radicación, con la tintorería como ocupación urbana por excelencia. La profesión ya adoptaba el carácter “étnico” que terminaría por convertir en redundante la expresión “tintorería japonesa”.

(4) Apogeo: la medida del éxito y sus paradojas
Las décadas del 50 y del 60 fueron la “edad de oro” de la tintorería japonesa. Durante estos años la ocupación generó recursos suficientes como para que los inmigrantes consolidaran las bases que sostendrían su radicación definitiva, hecho que se cristalizaría con el crecimiento de la segunda generación.
La derrota de Japón en la guerra había forzosamente cancelado la idea del regreso. Finalizado el conflicto, Argentina, por su particular relación con los países del Eje, fue de las primeras en abrir las puertas para el ingreso de japoneses, con las repatriaciones de los hijos de nacionalidad argentina que habían sido enviados por sus padres a recibir educación en suelo nipón. El ambiente favorable que había rodeado a la colectividad incluso después de la tardía declaración de guerra alentaba la llegada de nuevos inmigrantes, entre los que sobresalían los oriundos de la devastada isla de Okinawa.
Como la maquinización del oficio nunca fue completa, gran parte del trabajo siguió dependiendo del uso intensivo de mano de obra, pero las tareas ahora se limitaban a los miembros de la familia, en donde empezaba a cobrar importancia la figura del hijo mayor, heredero natural de acuerdo a las convenciones japonesas. Durante estos años, de todos modos, se mantuvo la costumbre de dar albergue a los paisanos jóvenes o familias recién llegadas, que colaboraban en las labores de la tintorería mientras se adaptaban a la vida en el país y aprendían los rudimentos del oficio.
La organización familiar minimizaba el riesgo económico de los emprendimientos, cuyos principales gastos, separados los impuestos, se circunscribían a un número limitado de insumos (solvente, jabón, el tradicional “papel madera” para envolver las prendas y algunos desmanchadores químicos esporádicamente). Los grupos de crédito rotativo (o tanomoshi) que funcionaban como círculos informales de ayuda mutua cuando los préstamos bancarios eran de difícil acceso, seguían financiando las inversiones que permitían la renovación y apertura de nuevos negocios, un apoyo fundamental para los inmigrantes recién llegados. Los pequeños márgenes de ganancia se ajustaban en última instancia con una buena provisión de sudor, mucho repuje, y algún sabañón en los inviernos más duros, pero garantizaban el pan del grupo familiar.
Con los recuerdos de la guerra frescos, para los nuevos inmigrantes el trabajo y el techo propio (o las perspectivas de uno), por más humildes que fueran, tenían el sabor de preciadas conquistas que eran vividas con optimismo. La estabilidad era avalada por la adaptación a la sociedad barrial, en donde las diferencias entre los vecinos de la amplia “clase media” argentina podían medirse en términos de matices superables. Esta tarea, en última instancia, sería delegada a los miembros de la segunda generación, los hijos educados y socializados como “argentinos”. La esperanza del ascenso social se encontraba todavía al alcance de las manos tintoreras.
Considerando este cuadro a la luz de la trayectoria previa y de la proximidad alcanzada en relación al entorno, se puede decir que los inmigrantes japoneses, en tanto grupo, en el transcurso de una generación lograron una inserción sino exitosa, plenamente satisfactoria.
Ahora, evaluar objetivamente la situación socio-económica de la tintorería que se consolidó en estos años es una tarea compleja. Si por su carácter “independiente” y la utilización de maquinarias complejas podría vincularse a otros establecimientos industriales, es indudable que la escala y el tipo de trabajo la ubicaban definitivamente en el ramo de los servicios minoristas. Por otra parte, en términos de ingresos y estilo de vida, muchas veces el tintorero se encontraba más próximo al perfil de la “clase trabajadora” que al de un “pequeño empresario”. Para asegurarse el sustento el japonés trabajaba de sol a sol, bajo temperaturas alucinantes en verano y en invierno, por lo general sin vacaciones, manipulando a diario mugre ajena y movilizando a toda la familia, que vivía en el local-taller-vivienda en donde los espacios estaban indiferenciados y no abundaban grandes lujos ni mayor confort. Estas eran las coordenadas que definían los logros y el “sacrificio” de la primera generación y, en cierta medida, los alcances del oficio.
Pero sin generar grandes emporios económicos, es innegable que la tintorería tuvo capacidad para sostener su propia continuidad durante décadas y, sobre todo, respaldar una ética de trabajo que nutrió el ascenso social de los hijos. La segunda generación, criada en el pluralismo barrial y en las aulas de la escuela pública, asimiló los valores promedio de la ancha y ambigua clase media argentina, con sus defectos y virtudes, aunque esta circunstancia paradójicamente condujera a su paulatino alejamiento del oficio familiar, que ya en la década del 70 empezaba a evidenciar los límites de su crecimiento.

(5) Declinación: crisis, emigración y perc
A partir de los años 70, la tintorería no pudo escapar a las transformaciones de la indumentaria ni al deterioro general que afectó a la sociedad. Desde entonces, las progresivas crisis irían erosionando al oficio que, con la independencia de la segunda generación, completaba un ciclo en la vida de las familias inmigrantes.
Primero acusó el impacto de los cambios de la moda y la difusión de los nuevos productos textiles. Hippies y ambiciones revolucionarias eliminaron de un toque la rigidez clásica del saco y corbata, el uniforme tradicional del varón argentino. La ropa informal, la profusión de prendas de fibras sintéticas y “lavilisto”, junto a la difusión del lavarropas familiar, simplificaron las tareas antes especializadas que pudieron desde entonces hacerse en el ámbito doméstico.
Esto se daba justamente en el momento en que el ingreso de japoneses al país disminuía hasta prácticamente desaparecer. El flujo inmigratorio desde Japón se había detenido a mediados de la década 60, cuando el crecimiento económico de la posguerra comenzó a absorver la mano de obra sobrante que hasta entonces se había dirigido al exterior. Los pocos japoneses que llegaron a Argentina después remigraban de países vecinos (especialmente Paraguay y Bolivia, aunque también hubo casos más lejanos como República Dominicana). De esta tardía camada saldrían los últimos tintoreros japoneses.
Por estas circunstancias externas e internas, el crecimiento de la tintorería como emprendimiento “étnico” habría alcanzado finalmente su techo. Promediando la década del 70, la apertura de nuevos locales llegó a su fin. Los establecimientos irían desde entonces envejeciendo junto a sus dueños, o continuarían sostenidos por pocos herederos, generalmente uno de los hijos o hijas mayores, bajo cuya responsabilidad quedaban el soporte de los padres y la educación de los hermanos menores.
A pesar de la falta de recambio generacional, la tintorería continuó siendo durante años un refugio fiel con capacidad para contener a sus hijos cuando la necesitaron. Para el descendiente de japoneses, con el local familiar disponible, las máquinas de siempre y, sobre todo, la marca de excelencia impresa en el rostro, el oficio ancestral funcionó como una red salvadora toda vez que las crisis atacaron el empleo. La tentación de probar fortuna en otros rubros menos sacrificados era la reacción natural de los hijos de tintoreros que conocían el lavadero del negocio, pero en una economía imprevisible abrirse camino en nuevas profesiones implicaba enfrentar obstáculos cada vez más ríspidos, intentos que la inestabilidad crónica del país se encargó de desarticular.
En la tintorería, las limitadas ganancias seguían teniendo la medida de la mano de obra, y si el cuentapropismo no contaba ya con el aura progresiva de los primeros tiempos, continuaba siendo un bastión sólido contra la fragilidad del trabajo asalariado. Y así como en todo el espectro de la sociedad hubo arquitectos taxistas, abogados vendedores de seguros, psicoanalistas kioskeros y profesionales de todos los rubros desempeñándose en ocupaciones distintas a aquéllas para las que se habían formado, los hubo tintoreros.
Pero en un país en caída libre, ni la tintorería, aquélla que alguna vez también nos había parecido eterna, pudo escapar a la decadencia que afectó al país en las últimas décadas. Desde finales de los 80 muchos negocios bajaron las persianas porque sus dueños “emigraban” a Japón para trabajar como operarios, expulsados por la hiperinflación y las miserias de la especulación. En esos años, los japoneses y sus descendientes se despojaron de los últimos prejuicios de clase media y siguieron la ruta de otros colectivos que buscaban refugio, seguro y fortuna en la tierra de los antepasados. Desde entonces se estableció entre Ezeiza y Narita un circuito migratorio, con una población de alrededor de 3000 argentinos radicados en Japón, que fluctúa entre los dos países según se presenten las oportunidades.
Las tintorerías que heróicamente pudieron superar esa ola, tuvieron que reciclarse en más accesibles “laverraps”, dejando la opción “de lujo” para prendas y ocasiones cada vez más excepcionales. Con el alejamiento natural de los ancianos y la ausencia de sucesores, el número de locales fue disminuyendo en sincronía con las crisis que desmantelaron una a una las fuentes de trabajo genuinas en todos los sectores de la estructura económica.
En los últimos años, las gloriosas máquinas, todavía con resto para dar batalla, fueron vendiéndose como hierro viejo. Ahora, las cadenas multinacionales, el perc y demás justificaciones del progreso, van por el resto. Testigos sobrevivientes de una sociedad que soñó, fue y dejó de ser, las tintorerías buscan en esta encrucijada, una vez más, un camino para regenerarse. Pero el transe es difícil.
Continuará ?

III La tradición tintorera como patrimonio social

La evolución de la tintorería japonesa que hemos narrado tiene tantas ramificaciones posibles como protagonistas. Los descendientes de japoneses que superan los 40, 50 años, habrán encontrado algunos lugares comúnes para asentir o disentir. No ha sido nuestra intensión, de todos modos, cristalizar su historia, sino invitar a la evocación, o a la exploración y el descubrimiento de los vericuetos este oficio que, por el solo hecho de poseer los razgos que poseemos, directa o indirectamente nos ha identificado por generaciones.
Para terminar esta larga intervención que empezó con el sugestivo olor a solvente, me gustaría volver al presente y replantear la importancia de la tintorería, no ya como un recurso “étnico”, sino en su carácter de vehículo definidor de lugares y portador de formas de entender la sociabilidad y el trabajo que hoy se nos presentan como anacrónicas y condenadas al olvido.

En su trayectoria casi centenaria, la tintorería “tradicional” es un raro oficio que nos permite seguir la evolución de un grupo particular de inmigrantes en su proceso de inserción social en Argentina. Su origen, expansión, estabilidad, apogeo y declinación, de acuerdo al orden que hemos dado a nuestro relato, reflejan los avatares de una sociedad que todavía no puede explicarse su milagrosa decadencia. Testigos silenciosas de las ilusiones, satisfacciones y resistencias de varias generaciones, las tintorerías escondan quizás detrás de su sugestivo olor a solvente, pistas para pensar nuestro presente.
¿Qué importancia tiene la tintorería clásica, “la del japonés”, la que propone un trabajo “artesanal” y “personalizado”, en estos tiempos en donde la organización de la sociedad ha cambiado tan drásticamente?
El debate actual se origina en la seguridad de las instalaciones y en el tratamiento de los residuos que producen. El solvente utilizado en la mayor parte de las tintorerías tradicionales, centro de la polémica, no es una inocua sustancia excenta de peligros... En ese sentido, la demanda de una transformación tecnológica parecería inevitable. La saludabilidad del espacio de trabajo y la protección del medio ambiente son hoy asuntos de difícil refutación.
Pero el argumento es delicado: la alternativa a la vista se basa aparentemente más en el beneficio de intereses concretos (la incorporación de un determinado tipo de equipamiento) que en propuestas viables para la continuidad del funcionamiento de los establecimientos actuales. Si la regulación del tratamiento del solvente es una medida necesaria, el problema aparece planteado como si nos encontráramos ante un inminente desastre ecológico, lo que parecería una exageración o un apuro injustificado ante tantas otras catástrofes ambientales a la vista. Las multas de varios miles de pesos que los inspectores han realizado son definitivamente una condena a la quiebra inmediata de la tintorería tradicional. Estos temas ya han sido tratados con bastante claridad por parte y terceros (v. website “Tintoreros Tradicionales Autoconvocados”; Gavirati Miyashiro, Pablo “Tintorerías: ¿una tradición nikkei en peligro de extinción?”, en Alternativa Nikkei, No. 87, julio 2009), de modo que dejaremos la evaluación final a los especialistas. La solución tecnológica-científica del problema depende, en definitiva, de una decisión política.
El debate pendiente sería, ¿existe algún interés social en preservar una forma de trabajo que se presenta en la actualidad como obsoleta? Parecería, tristemente, que no.
El caso de la “tintorería tradicional”, más que la caducidad de una forma de organización económica, refleja la dominante visión del mundo en donde se privilegian los valores predicados por los grandes grupos empresariales, cuyo avance sobre la sociedad se sostiene en una engañosa idea del progreso que sólo produce una uniformidad sin matices, despojando a los sitios de su carácter, a sus habitantes de opciones y a los trabajadores de su humanidad.
El debate no es de tintorerías “tradicionales” contra “nuevas”. El problema es que las nuevas no dejan lugar a otras formas de entender el trabajo que no sean las de su manual de operaciones. Otro tipo de organización, otra escala de ambiciones, otra forma de trabajar que se aparten de las novedades del management científico y el profit a ultranza son obstáculos en su lógica de crecimiento. En este marco, la lucha de los “tintoreros autoconvocados” simboliza el deseo de pequeños grupos en vías de extinción que simplemente quieren que los dejen vivir de lo que saben hacer.
Con sus límites y potenciales, defectos y virtudes, la tintorería ha sido durante décadas el medio con el que gran parte de los inmigrantes japoneses logró su inserción en la sociedad argentina. Otras épocas, de las que resuenan palabras tan lejanas que hoy provocan nostalgia: trabajo, ascenso social, barrio, clase media, etc.
En aquellos tiempos, el “barrio” podía ser una condena de la que más de uno habrá querido huir. Incluso la tibia vida de clase media que el esfuerzo y la tenacidad asegurarían era motivo de cuestionamientos. La tintorería, como tantas otras ocupaciones manuales, era una instancia que el imperativo de “m’ hijo el dotor” mandaba superar. Para la generación de Mafalda, con todo el futuro por delante, salir de ese ambiente entre chusma y familiero, romper con ese esquema de vida previsiblemente honrada y aburrida, era una aspiración harto común.
Pero el deterioro, la decadencia y destrucción de esos lugares, hábitos y costumbres, no condujo a una transformación superadora ni a una vida más plena. Por miles de motivos, el lamentable “modelo” socio-económico que terminó imponiéndose en las últimas décadas fue el que ha dejado las garitas de seguridad privada en las esquinas, el de las cadenas que enlazan desde panaderías hasta farmacias, comederos y librerías, para no mencionar el reemplazo directo de la simple calle por los bucólicos ghettos cercados del Gran Buenos Aires. En el interín, la otrora orgullosa “clase media” argentina se fue diluyendo en la anomia chabona. Y en eso estamos.
En este contexto, la existencia de tintorería tradicional, el negocio a pequeña escala “atendido por su dueño”, aparece como una situación anacrónica, casi un milagro de supervivencia. Pero con su reivindicación no se pretende reclamar un regreso tardío a la libreta del almacenero. Ni pregonar el folclórico “color local” que nuestros pequeños negocios aportarían al paisaje urbano. Significa antes bien resguardar alternativas para pensar cómo modificar una situación que se nos quiere presentar como irreversible.
Hoy, cuando bajo la excusa del cálculo racional se justifica la uniformización tanto de productores como consumidores, despojando a los sitios de su diversidad y convirtiendo la ciudad en tierra de nadie que en realidad es de unos pocos, la humilde tintorería del japonés surge como un bastión en defensa de los desahuciados rincones de la sociabilidad barrial. Y el carácter “artesanal” del trabajo que los tintoreros defienden, más allá del calor que se despide de sus negocios, nos recuerda una forma de relacionarse con los objetos propios y ajenos que la hiperabundancia del mercado ha borrado por el precio de una oferta-promoción.
En vista a las miserias que ha sembrado el interminable modelo, y al progresivo deterioro de nuestra vida ciudadana, el problema de las tintorerías merece como mínimo, una reflexión. La escala de sus emprendimientos, su forma de interacción con el entorno barrial, su actitud frente al trabajo y las cosas, convierte a los tintoreros “tradicionales” en protagonistas de una lucha que no sólo es por el solvente. Su protesta nos lleva también a pensar en qué sociedad vivimos y en cuál queremos vivir. Respaldar su funcionamiento, con los cambios necesarios y las decisiones pertinentes, es, antes que nada, una forma de preservar nuestras futuras elecciones.