10.21.2012

La mesa roja, antología de Susana Szwarc. Texto de presentación.

Presentación La mesa roja. Antología personal, de Susana Szwarc. Centro de la Cooperación, martes 9 de octubre 2012. Por Amalia Sato Después de deslizarme por toda la antologia de esta mesa roja matissiana, tentadora, treintaniera, balzaciana. Me detengo en los dos relatos que mandó a los numeros 14 y 15 de tokonoma Parto de una pregunta muy simple, ¿por qué me gusta lo que escribe Susana, cómo lo logra? Ni yo me imaginé que estaria ahora escribiendo en Kobe Así de repente estoy en Kioto. (Creo que la deberian nombrar ciudadana ilustre por recrear a estas ciudades en secuencias proféticas) La clave esta en el en que no es de Kobe, ni de Kioto, porque la escritura de Susana se desplaza en un territorio que es todos los mapas. Saltos, desplazamientos, encadenamientos de acciones en un abrir y cerrar de ojos, como se dice a menudo. Siempre una puesta en escena. Y el paso a jugar todo en una posible representación, teatral, con todas las letras. Imagino que Susana maneja una lista de palabras clave, una lista abierta, donde cada una conjuga una memoria histórica, trabaja en la conciencia, pero maneja esta lista en niveles amables, sin obligarnos, sin ponernos contra la pared, sino recordándonos por el juego mágico de la polisemia, siempre fundada en la posibilidad de recordar: QUITILIPI, IDISH, MADRE, PADRE, HERMANAS, POLONIA, COLONIA, PAJAROS, WICHI, BUCHENWALD, NAPALPI, LA PERLA. Pero sus nombres se asocian a otros, se quiebran en otros escenarios. Hay un halago, un merodeo amoroso, un requiebro de una lengua a otra. Y ahí pueden combinarse y asociarse con: Kioto, Japón, los gingko, un samurai, nombres propios como Soeda, Yasunari, pues si se nombra existen. Escuchen: En Quitilipi mis padres me decían: aprendé idish, vayas adonde vayas encontrarás judíos que hablen en idish, y en Kobe no es así. Eso voy a escribir en mi carta. Hay un cementerio judío en Kobe, hay Madres de Plaza de Mayo con kimono en Kioto, y si hay que versionar un viejo cuento folclórico para el teatro de papel kamishibai, para Susana los monos son monos bonobos, los cuervos hablan en che y en lunfardo. Un desenfado, un trabajo con la familiaridad, con la conciencia, no nos podemos hacer los tontos, como a menudo, a menuda edad, porque la puesta en escena avanza y siempre es posible, porque conoce la autora el rigor de las tramas poéticas, la potencialidad del sentido abierto pero nunca perdido. Todo, a veces, digo, a menudo, armado para la escena de la pregunta impertinente, o impenitente o inesperada. En Kobe: No puedo evitarlo, sé que no tengo que preguntar eso: ¿la educación aquí es pública o privada? O en Kioto: una (una madre) dijo: ¿Ir hasta kito para ver un árbol?. O en Kobe, otra vez, cuando el samurai que puede ser un robot, quizás la versión actualizada de los viejos fantasmas, pregunta: ¿Cuál es tu alma? – respuesta: Nunca se me había ocurrido responder a eso, dije que la lapicera era mi alma, pero ahora quería saber cómo estaba ese cementero tan grande allí cuando dicen que en Japón la falta de espacio es un gran problema tanto para los vivos como para los muertos. Ejercicio de libertad, y parece simple. La palabra: en el cielo gritos, en la tierra actos, con la ligera impertinencia de lo onírico. Y esto es personal: El mismo día que iba a conocer a Susana hace ya varios anios, tomo un taxi y el taxista, como me suele pasar, empieza a hablar y yo escucho, es un muchacho y me cuenta que está ensayando una obra de teatro basada en la novela de una poeta nacida en el Chaco, que la obra se llama Trenzas pero que no sabe decirme el nombre de la autora. Yo se lo recuerdo. El se sorprende. El azar cruje.