4.20.2013

La joven madre muerta. Texto publicado en la revista La balandra, dirigida por Alejandra Laurencich.

LA BALANDRA NARRATIVA JAPONESA Una aproximación a partir de una figura recurrente: la joven madre muerta POR Amalia Sato Mi madre en sueños viene. ¡Ay no la ahuyentes, oh cruel canario! Kikaku (1661-1707) "¿Su madre? Estaba tan sorprendida que no podía apartar los ojos de ella. llevaba el pelo suelto hasta los hombros, los ojos eran rasgados, profundos y brillantes, los labios bonitos, la nariz recta ... y ,además, todo su cuerpo emanaba una luz muy viva, como un latido de vida. No parecía un ser humano. Nunca había visto a nadie como ella". (Kitchen, Banana Yoshimoto). La literatura japonesa nació de los pinceles, manejados tanto por hombre como mujeres de la Corte, que fueron caligrafiando de otro modo los ideogramas chinos con operaciones de estilización pictórica. Al cabo de cuatro siglos de sucesivos cambios, las islas contaron con su propio sistema de escritura fonética, el hiragana, también conocida como “suave” o “mano de mujer” por el papel que ellas desempeñaron en su desarrollo. Los diarios, los poemas y el epistolario amoroso que compartían tanto los hombres como las damas de la Corte fueron el campo de experimentación de esta escritura de cuya gestación las mujeres fueron protagonistas. Tan alto grado de cultura y refinamiento dio lugar a tempranas obras maestras de la narrativa de un ciclo de autoras de los siglos X y XI que no volverá a repetirse. En el Romance de Genji escrito por Murasaki Shikibu, aparece la primera madre novelesca. Es Kiritsubo, quien queda en la memoria del pequeño hijo por el relato de los otros. En el primer capítulo se cuenta que en la corte de cierto emperador, una dama de rango inferior es la preferida, y que expuesta a la envidia de las demás, cae enferma, sin que por ello el emperador disimule la pasión que la perjudica; con un "amor más cruel que la indiferencia" - según la traducción de Arthur Waley -. Cuando su condición es ya extrema, abandona el palacio sola, dejando a su hijo, y temerosa de nuevas acechanzas. Esa misma noche muere en casa de su madre. El niño huérfano es el futuro príncipe Genji, Los años pasan, y cierto día, llegan noticias al emperador sobre una muchacha de rara belleza, de quien dicen se asemeja mucho a la muerta. Por una serie de semejanzas con la desaparecida, el Emperador es inducido a desearla, y a su turno él insistirá, al hablar con el niño: "Es como tu madre, ámala". Genji no recuerda a su madre, pero como tanto insisten en que es idéntica a ella, se aficiona por la joven Fujitsubo. Así, a pesar de su corta edad, la efímera belleza toma posesión de los pensamientos de Genji, quien forja su predilección y lo que será su obsesión eterna. La joven madre muerta y su complemento, la madrastra joven que borrará todo dolor, se vuelven dos figuras fundantes, ejes de una estructura que se repite a lo largo de toda la literatura japonesa. Las emociones que despiertan reaparecen sin cesar, disimuladas bajo muchas variantes. Así por ejemplo, en el personaje folclórico de la madre zorra que tiene un período de vida humana, y que es conmovedora; desea hacer el bien manteniendo oculta su identidad, pero el hombre al que ha desposado y que sospecha de ella, la obliga a transformarse. En el último instante se despide de su hijo que duerme. La encontrará él ya hombre, como cazador consumado que le perdonará la vida, o en una versión más dramática, acariciará lo que de ella han hecho: el parche de un tambor que con su sonido lo convoca. También está la madre salvaje y potente, combinación de bruja de la montaña y ninfa, la yamamba, una legendaria madre soltera, que oficia de entretenedora o prostituta, y que es fecundada por el dios del trueno. Popularmente tiene por hijo al héroe folklórico Kintarô (o "niño dorado"), dotado de poderes sobrenaturales. La novelista Tsushima Yûko escribió en 1980 Yama o Hashiru Onna (Mujer que corre por la montaña), una novela cuya protagonista es una joven madre soltera de 21 años, una moderna yamamba, cuyo hijo se llama Akira, Cristal de roca. La mujer del "otro lugar" (mukôgawa no onna) , otra variante de la figura, se perfila nítida en Kôyahijiri (Un monje del Monte Kôya, 1900), uno de los relatos más conocidos de Izumi Kyôka (1873-1939). La anfitriona que recibe a un huésped en sus extraños dominios, con el control mágico sobre los animales, es madre nutricia de enorme atractivo sexual. Por último, hay una figura de madre, deudora del comic para jovencitas, creada en la década de 1980 por Banana Yoshimoto en Kitchen (1988). El padre, obsesivamente enamorado de la madre muerta, ocluye toda búsqueda y se entrega a la maternidad, operándose y travistiéndose. Eriko, la nueva bella madre, es el padre transexual, también de trágico destino. Y hay que considerar también en esta línea de emociones, la proliferación de atracciones hacia figuras vinculadas por lazos familiares pero muchas veces no sanguíneos: como la cuñada deseada porque recuerda a…, la hermana menor que muere jovencísima, o la nuera más admirada que la propia hija. Tanizaki, Kawabata, el cine de Ozu, Shiga Naoya, y cuántos más sucumbieron ante el misterio de la figura ausente e inolvidable pero replicada que se establecía en el Genji. En el último período de la era Heian, el momento del Genji, el concepto de utsushi (reflejo, proyección y transición) dominaba la visión de los asuntos humanos. La desesperación por la calidad de eterno del amor se superaba con la creencia de que el amor perdido podía revivirse en las imágenes de personalidades plurales. El estudioso Tetsuji Yamamoto vuelve a los planteos del estudioso Shinobu Orikuchi (1887-1953) sobre la problemática de la ilusión y la práctica en el "campo" de la mentalidad japonesa. Distingue dos mundos: uno, el de los espíritus vengativos (mononoke), otro, el mundo de irogonomi (la elección de enamorarse de una mujer noble, no lujuriosa). Sólo los más altos aristócratas, poseedores de majestad real, podían disfrutar de una libertad innata y probar los límites de lo humano siempre dentro de la senda de irogonomi que se inicia con el amor por una madre. MADRE, CUANTO ME GUSTARIA VER TU ROSTRO (Haha yo, Anata no Sugao wo Mitai) Aono Sô Madre, cuánto me gustaría ver tu rostro. Me pregunto cómo eras en ver¬dad. Tu única fotografía es una que Sis, quien ahora es una mujer madura, ha atesorado desde niña. Cuando era pequeño, ella solía decirme que eras tan bella. La foto te muestra en tus tem¬pranos treinta, me parece que unos siete u ocho años antes de que yo hubiera nacido. Tenías puesto un sentador sombrero de alas anchas, y como estás posando en una silla, supongo que la foto fue tomada con flash en un estudio. Sé que te gustaban las pelí¬culas occidentales - tal vez te la tomaron cuando volvías de un cine de Shinjuku. No tengo modo de saber qué películas exhibían por entonces, pero en los años de l930 con seguridad que ¨City Lights¨ de Chaplin. Tu mirada clara y tranquila parece contarme que acabas de ver el delicioso y emocionan¬te romance entre Carli¬tos y la muchacha florista ciega. Agradezco que Sis tu¬viera por lo menos esta imagen, y cuidaré la copia que le mandé hacer para mí. La guardaré entre las hojas de mi viejo pasaporte, ajado, manchado con transpiración, y lleno de las estampillas de aque¬llos países que conocí en mis viajes de juventud por el mundo. Y todavía, Madre, la foto se interpone, cuando me abandono al influjo de una noche de luna, y me esfuerzo en imaginar un cálido y vivo rostro. Añoro de tal modo algún recuerdo tuyo de infancia. Si de niño hubiera hecho un esfuerzo consciente por grabar tus rasgos en mi mente, la foto me habría ayudado a traer esa memo¬ria a la vida. Pero puesto que no recuerdo nada en absoluto, una descripción puramente verbal podría haber servido mejor. Por lo menos de ese modo habría podido formarme una imagen tuya libre, como se me hubiera dado la gana. Una noche fría y clara de in¬vierno, por ejemplo, habría tomado inspiración de la delgada luna creciente. O podría haber encontrado tu imagen en una manzana de mi jardín que hubiera alcanzado el tamaño de un puño de bebé. En otras palabras, la imposibilidad de capturar una representación fiel habría hecho que la imagen pareciera todavía más un recuerdo verdadero. Una fotografía, por el contrario, precisa¬mente porque registra la apariencia superficial tan fielmente, limita la ima¬ginación -aunque el efecto sería distinto si tuviera docenas de fotos, suficientes para verte como en movimiento. A veces, al conocer a alguien tras haber visto su fotografía, dudo si se trata de la misma persona. Lo contrario no me sucede, siempre y cuando la persona enfrente la cámara y haya suficiente luz directa. En el dormitorio de mi casa aquí en la provincia de Fukushima, tengo un poster tamaño natural de Rie. Es una amplia¬ción de una de sus tomas profesionales, tomada de la cintura para arriba. De las muchas imáge¬nes que tengo de Rie en distintos modos, éste es el que menos se le parece en su vida cotidiana. El peinado y las ropas la hacen ver como una bailarina de flamenco, y por eso lo llamo mi poster Carmen. La toma fue hecha cuando nuestro hijo comenzó a mostrar interés por los cassettes, unos pocos meses después de cumplir dos años - la misma edad que yo tenía cuando tú te fuiste. Cuando por primera vez colgué el pos¬ter sobre la pared de mi departamento de Tokyo, antes de venir para Fukushima, el niño solía ir hasta él, colocar sus manos sobre el pecho de Rie, y apretar su mejilla contra ella. Y hasta inten¬taba quitarle las pestañas postizas. Muy pronto mi hijo cumplirá cuatro años. Cada vez que Rie pasa unos días afuera por trabajo, me lo trae aquí con el Shinkansen y jugamos juntos, solos los dos. Como quiero agradarle, invento juegos para nosotros. Luego, cuando hay oportunidad, saco mi caja de madera con fotografías de Rie. La caja está llena de fotos de Rie con otras personas, o tomadas hace tiempo cuando el niño no había nacido aún. Yo las mezclo y las voy colocando una por una sobre la mesa, pregun¬tando "¿quién es?" o "¿dónde está Rie?". Me gusta el modo como se sonríe cuando la reconoce, y me sorprende que lo logre con tanta rapidez. Y si yo tengo dudas con la foto¬grafía de graduación del colegio secundario, a él le basta con observarla por unos segundos y en seguida exclama: "Aquí está". Lamentablemente, no le sucede lo mismo con mis fotografías. No las mira con el mismo entusiasmo, y una vez que está seguro de que voy a aparecer en todas, contesta "Papá", incluso antes de que las haya colocado. Cierta vez, curioso por ver cómo reaccio¬naba, le mostré tu fotografía, Madre. Pero al volver a mi cuarto de trabajo, sólo pareció interesarle mi pasaporte. Sin levan¬tar la vista de las estampillas de los diferentes países, simplemente se limitó a repetir lo que yo le decía: "Era la mamá de tu padre ...". Sí, percibía un parecido... No, no veía ningún parecido ... Al enterarme de que mi hijo vendría, otra vez, lo primero que hice fue confeccionar una lista de lugares adonde llevarlo - el río, el parque de diversiones, los bosques - por más que sabía que él querría hacer cambios y que mis planes podrían arruinarse de todos modos por las tormentas de esta época del año. Lim¬pié la casa y fui de compras. Siempre que iba de compras con mi hijo, él me decía que se quedaría en el coche viendo su libro de dibujos. Yo lo obligaba a cambiar de idea y lo hacía ir. Pero si entraba conmigo al supermercado, se iba corriendo mien¬tras yo controlaba las fechas de vencimiento o la lista de aditi¬vos de algunos pro¬ductos - y una vez que empieza a correr nadie lo para. ¿A dónde creerán que pueden llegar los chicos cuando se lanzan a correr de ese modo?. Sólo logran acabar perdidos. El miedo a perderme es uno de los recuerdos que todavía con¬servo de mi niñez, de cuando esperaba despierto que regresaras. Poco tiempo después que te fueras, me llevaron a la casa del padre en Setagaya, Tokyo. Sería unos dos años después cuando, tal vez excitado por haber aprendido a correr, abandoné la seguridad del área de donde podía ver la atalaya cercana a la casa. Corrí lo más velozmente que pude por la carretera de Shibuya, crucé los carriles de la línea Tamagawa, y fui más allá de la estación Gôtokuji. Me consta que nací en el segundo piso de una farmacia frente a Umegaoka, la estación siguiente a Gôtokuji -¿era una mera coincidencia que corriera en la misma direc¬ción?. Finalmente me encontré en medio de un campo, y me di cuenta de que la atala¬ya no se veía por ningún lado, y me eché a llorar. Seguí llorando hasta que vi unos pollos en una granja cercana. Mientras iba hacia allí, me lancé a llorar de nuevo, de modo que alguien termi¬nó por verme. No recuerdo cómo volví a mi casa. Ahora puedo recapacitar con orgullo sobre la manera como pude llorar con todas mis fuerzas. ¿De dónde venimos, me preguntaba, y hacia dónde vamos?. Gauguin se hacía la misma pregunta en una de las pinturas que realizó tras volver la espalda a la civilización occi¬dental y embarcarse hacia el Pacífico sur. Todavía no he encontrado mi camino, pero no soy capaz ya de llorar del modo como lo hice de niño. En un mundo donde todo puede localizarse en un mapa, es imposi-ble perderse aun intentándolo. Por eso, supon¬go, me sonrío nostálgi¬camente al pensar que las grandes bocanadas de aire que aspiré des¬pués de mi crisis provenían de un corral. Pero que pueda volver cuarenta años atrás no significa que le desee a mi hijo igual expe¬riencia. Y lo mismo puede decirse de la respiración agitada que uno tiene tras llorar como yo lo hi¬ce... Takamura Chieko se lamentaba de que Tokyo no tuviera cielo. La expansión azul sobre Adatara en Fukushima es el cielo real, de¬cía. Chieko murió justo siete años antes de que tú desaparecie¬ras- debes de haber sabido de ella por la lectura de la poesía de Kôtaro. Cuando tomaste el tren de vuelta a Fukushima desde Ueno, llevándome, peque¬ño, en tus brazos, ya debías de estar muy débil. Me pregunto si tus sentimientos no serían similares a los de Chieko cuando observabas el cielo de Tokyo, negro por el humo de una incursión aérea, retroce¬diendo a la distancia. El cielo de Chieko es visible desde el ala norte de mi casa. A lo largo de la costa del Mar de Japón, al otro lado de la cadena de montañas de Abukuma, habían edificado algunas plantas atómicas - temerarios productos de una generación cuya fibra espiritual se ha corrompi¬do con la conveniencia y el deseo de ganan¬cia inmediata -. Unas pocas averías, y a esta distancia no tendremos oportunidad ningu¬na en caso de un accidente. De modo que ya no hay lugares segu¬ros. Y, si bien es sólo por milagro que no ha sucedido nada malo, proclaman que las plantas nucleares son seguras y conti¬núan cons¬truyéndolas. Todo el país se ha convertido en un archipiéla¬go atómicamente poderoso. No es que ya carezca de esperanza. La destrucción del planeta como consecuencia de la era atómica es algo muy próximo en el pesimismo de la noche. Durante el día soy más optimista. Al jugar con mi hijo, por ejemplo, o cuando la vida semeja un viaje infinito por el océano que no precisara de brújula, siento que la gente vivirá mucho mejor que nunca. Para alguien como yo, que oscila entre el pesimismo y el optimismo como un filamento de alga en el mar, es más saludable aceptar el cielo azul como cielo azul- antes que meditar sobre él como Chie¬ko hacía. El agua, sin embargo, es otro asunto. La que se extrae del suelo es terrible - tiene un olor pútrido y se vuelve roja al hervirla. Los habitantes del pueblo dicen que se conserva calien¬te en el baño, pero hasta ellos sacan el agua para beber de la canilla. Es un error suponer que aquí el agua es buena. Yo mismo me dejé engañar por las abundantes lluvias, y, sobre todo, por la reputación del distrito de Tôhoku en cuanto a su saké. Pero no tengo fuerzas para mudarme otra vez sólo por esto, y me consuelo con la idea de que una pequeña adversidad no me hará mal y me dirijo por agua a las canchas de tenis que posee un amigo mío. Siempre me siento un poco más seguro luego de llenar mis tres tanques de l8 litros - otra tarea que debo cumplir antes de que llegue mi hijo. El administrador de las canchas de tenis, un hombre llamado Okamo¬to, hace que su mujer las cuide mientras él dedica todo su tiempo a su huerta. Al volver a casa con mi agua, veo su camión en mi campo y a él regando mis manzanos, algo que cumple como una atención hacia mí. Gracias a él, los árboles que nunca antes habían dando fruta producen ahora manzanas en abundancia. Hay que podar las ramas apenas comienza la primavera, hay que reducir las frutas de cuatro a una por rama, y luego regar los árboles regu¬larmente. Es una lástima que no puedan evitarse los insecti¬cidas, pero por lo menos procuro limitar su uso. Okamoto pulveri¬za sus árboles siete veces en total, mientras que yo lo hago sólo tres. Cuando Rie me lo trae para dejarlo y mientras me explica la situa¬ción con sencillez y clari¬dad, nuestro hijo no llora. Para él, un viaje a Fukushima significa subir al Shinkansen y jugar con su padre por unos días hasta que Rie termine su trabajo y vuelva a buscarlo. Esta vez entra corriendo a la casa llevando un tren Shinkansen de juguete que Rie le ha comprado en la estación Ueno, e inmediatamente se pone a examinar la caja del juguete. Usa sus crayo¬nes para dibujar sobre el papel que le despliego, chapotea en el agua del campo, y al rato cae dormido sobre los cobertores. Como si le dijera a Rie que se vaya antes de que despierte. Rie debe estar de vuelta en Tokyo esa noche y no puede quedarse mucho. Me dice que tendrá un poco de tiempo libre luego de esta tarea, y para que la conversa¬ción no muera le sugiero una salida, y le recuerdo los momentos en que se había sumergido en las claras y heladas aguas de un torrente de monta¬ña. También le cuento la historia que he escuchado del dueño de una pensión de Oku Aizu, un hombre que ha quedado ciego por diabe¬tes. Según su versión, los cristianos del período Edo - obli¬gados a rendir culto en secreto - habían pintado una imagen de la Virgen María en la pared de una cueva no lejos de la pensión. Tengo la costumbre de contar las historias que oigo, objetivas o no, como si fueran innega¬blemente verdaderas. Lo considero un vestigio de mi deseo infantil de agradar, de hacer interesantes las cosas sin tomar en cuenta las consecuencias. Inexplicablemen¬te escéptica, Rie dijo, "Haya o no una pintura de María en la cueva, sería una buena idea que fueras y miraras". Pero estaba a favor de una excursión, y el mapa nos confir¬mó que la ubicación era ideal, con fuentes termales y un arro¬yuelo. Pronto llegó para Rie el momento de partir. Telefoneó por un taxi y, para evitar que nuestro hijo oyera el motor, lo tomó a cierta distan¬cia de la casa. Mi hijo se despertó al anochecer. Al encontrar¬se con el verde del jardín mezclado con la oscuridad, preguntó, "¿Dónde está Rie?". Al saber que se había ido, se enojó y comenzó a llo¬rar. No se habían estrechado las manos ni se habían dicho adiós, protestó. Cuando Rie lo dejaba en casa de su madre, siempre le daba la mano, le decía adiós agitando los brazos, y le daba un beso de despedida. Me dijo que había sido mi culpa que se hubiera perdido esa importante íntima ceremonia, y por un rato estuvo en mi contra. De haber sabido cómo expresar mejor sus pensamientos, habría dicho: "A propósito la dejaste ir mientras yo dormía, sólo para hacerme sentir mal." "¿Por qué no le decimos adiós a Carmen?", sugerí, tomando a mi hijo de la mano y llevándolo hacia el dormitorio. Fue una torpeza de mi parte no haberme percatado del modo como había evitado el poster de Carmen desde su llegada. "¡Esa no es Rie!" gritó, y se fue corriendo hacia la puerta de entrada, pero no quería lasti¬marse los pies des¬calzos, y odiaba las orugas. Se detuvo abrupta¬mente en la terraza, y se largó a llorar todavía más violentamen¬te que antes. Poco a poco, no obstante, sus lágrimas dieron paso al sonido de sus resuellos que eran lo único que se oía en el aire del atardecer. Los manzanos que acababan de regar tenían el viento a favor, de modo que no me preocupé. Era como si navegáramos en un bote al garete en un océano con millones de ranas de todas las especies imaginables. Por entonces ya se había hecho completamente de noche. Mi hijo tomó tres de mis dedos en su mano diminuta, y los apretó tan fuertemente que se hume-decie¬ron con transpiración ... La esposa del dueño de la posada me aclaró que nunca había visto una pintura en la cueva, aunque muchas veces por la lluvia se había refugiado allí cuando iba a juntar hongos. Cualquier pintura se habría borrado hacía mucho, decía, y que su marido haría bien en no hablar sobre cosas sucedidas cincuenta o cien años antes como si hubieran ocurrido ayer. Pequeña y enérgica, es una mujer que está siempre en movimiento de la mañana a la noche. Su marido quedó invá-lido de las piernas a causa de un accidente de tránsito tres años antes, y a la hora de las comidas lo levanta y lo lleva hasta su silla de ruedas, como si no fuera nada para ella llevarlo en sus brazos. Su pensión, Rokurobei, es un lugar tranquilo y bastante melancólico, del que Okamoto me había hablado. Los únicos huéspedes de la pareja llegan durante la estación para recolectar plantas comestibles. No debes de saber qué es un kiwi, o sí, Madre. En tus tiempos incluso una banana era algo especial. El kiwi es una fruta que viene de Nueva Zelanda, donde se desarrolló a partir de la cruza de dos plantas de Asia. Es rica en vitamina C, y comer una por día previene supuestamente de las gripes. Como se aprovechan tan bien y son relativamente fáciles de cultivar, se han vuelto populares aquí en Fukushima. Okamoto, simpatizando con los dueños de la Rokuro¬bei, se alojó allí por un tiempo y convirtió su jardín en una huerta de kiwi. A cambio, ellos le indicaron el lugar de la mon¬taña donde podía encontrar hongos matsutake -un vegetal de mon¬taña digno de ricos y que habían mantenido en secreto hasta para sus parientes. Una norma no escrita prohibía a Okamoto llevar a alguien con él, pero una vez me invitó. Quizás porque sabía que yo no era el tipo de los que pierden la cabeza por los hongos matsutake, o tal vez porque simple¬mente quería mostrarme que realmente se los podía encontrar en Oku Aizu. Estuve de acuerdo con la esposa del posadero cuando me dijo que no era posible ver las pinturas en la cueva. Un artista amigo de Aizu Wakamatsu me contó que todos conocían la leyenda, pero que él dudaba que fuera cierta. La fascinación que ejercía sobre mí, sin embargo, nacía de algo que el dueño me contara mien¬tras se frotaba los ojos ciegos con el dorso de su mano tembloro¬sa. Los granjeros de aquella parte del país ni sabían qué dios están adorando, dijo el viejo, mucho menos tenían ninguna com¬prensión de la doctrina cristia¬na. Pero, una vez que vieron el retrato de María, quedaron cautivados por su belleza de otro mundo, su gentileza que parecía borrar todos los cuidados de la vida. Simplemente se entregaron a la nueva reli¬gión, sin sentir necesi¬dad de comprender nada más difícil que eso. Supongo que el dueño me relató todo esto porque, sabiendo que yo era un escritor, se sintió compelido a corresponderme con una historia suya. Asegura¬ba que había visto la pintura de María de niño - que había visto con sus propios ojos sus mejillas sonrosadas y su cabello ensor¬tijado. Detrás de él, hacia un costado, tenía su propio altar Shintô. Lo había trasladado del ala oriental de la casa luego de que Okamoto lo convenciera de que su doble desgracia, ceguera y paráli¬sis, se debía a haberlo instalado en el lado norte. Desde mi asiento frente al hogar, escuché la historia y paseaba mi mira¬da de él al altar. De pronto, me sobresalté como si una co¬rriente eléctrica hubie¬ra pasado a través de mi espina dorsal. Por un instante la habi¬tación se volvió más brillante, como si estuviera bañada en luz. ¿Y no era ésta, a fin de cuentas, la más natural de las expli¬cacio¬nes? Siempre he considerado a los misioneros de aquellos días una estirpe valiente, más osados que los aventureros o los exploradores, que buscaba a la gente donde fuera que viviera, bajo el sol abrasador del desierto o en el corazón de la jungla donde las sanguijuelas caían de los árboles como lluvia. Aun a sabiendas de que podían ser quemados vivos si eran apresados, habían entrado en secreto a Japón y se habían abierto camino hasta Aizu. Y con ellos trajeron Biblias -Biblias en lugar de pistolas, estacas o dinero. Sé que al crear esta imagen de los misioneros he, obviamente, puesto una excesiva fe en el poder de las palabras. Lo cierto fue que los misioneros llegaron a una alejada aldea de campesinos cuyos habitantes, excepto unos pocos con educación, han de haber sido analfabetos. Apenas si una míni¬ma comuni¬cación podía establecerse seguramente mediante palabras. Me pre¬gunto si, en lugar de ello, no habrán llevado con ellos una ima¬gen - un busto de una mujer llamada María, sin su niño Jesús. ¿No sería esta pintura todo lo que necesitaban?. Incluso el nom¬bre "María" habrá resultado innecesario. Al mostrar este retrato, cual¬quiera con cierta sensibilidad se habrá sorprendido de que exis¬tiera en el mundo una madre tan admirada por su dulzura y su compasión. La imagen habrá purificado al espectador y lo habrá colmado de esperanza. Madre, moriste antes de que yo pudiera hablar, y dudo que alguna vez me hayas besado. Si estuvieras aquí, tal vez me darías la razón en que todo sucedió exactamente de este modo. Me acuerdo de que una vez me reprocharon por no tener un re¬trato tuyo, Madre. Fue en el otro lado del globo, en un país por debajo del Ecuador. Había ido al sur desde Norteamérica, con la ilusión de que en algún país podría llegar al verdadero límite de la tierra. Me hallaba en medio del delgado aire de los altos Andes. Claro que sabía que ningún punto podía ser tan remoto que no se pudiera ubicar en un mapa. Y sin embargo "lindes de la tierra" parecía una descripción adecuada para esta región, exce¬sivamente elevada para la vida vegetal y desierta como la super¬ficie de la luna. No comprendía por qué la gente debía vivir en sitios tan áridos, barridos por el viento, donde el suelo sólo producía un poco de maíz. Las aldeas quedaban a casi cien kilóme¬tros de distancia. Al mirar los rostros de los indios, quemados por el sol y sin ropas desde su cuna, se me llenaban los ojos de lágrimas - no por lástima sino por culpa del viento frío y punzan¬te-. Ni siquiera pude esbozar una irónica sonrisa al ver una con¬side¬rable cantidad de frascos de Ajinomoto en el camión de un mercachifle que había hecho todo ese camino para vender sus artí¬culos. Mis emo¬ciones estaban entumecidas por la extrema soledad que me embargaba. Y así, cuando volví al mundo de abajo lleno de plantas, in¬sectos, y gentes, mis células se agitaron con la sensación de la primavera y mi cuerpo emitió frescos brotes. Aunque también había más cosas que podían perturbarme. Llegué a una ciudad de deslum¬brantes casas blancas pintadas a la cal. La mayoría de los comer¬ciantes en esas ciudades - gente con dinero, en otras palabras - eran indios o des¬cen¬dientes de españoles. Mientras examinaba mi pasaporte concienzu-da¬mente, el hombre que estaba detrás del mos¬trador del hotel en el que me había registrado comenzó a hablar en voz alta con otros hom¬bres que holgazaneaban por allí. Traté de distraerme mirando un poster de la pared. El poster, que pro-bablemente habría dejado algún viajero americano, era de una conferencia de paz por los indios americanos. Salven el medio ambiente, decía, antes de que sea dema¬siado tarde. De pronto se me acabó la paciencia, le arrebaté mi pasaporte al hombre del mostrador, y me fui a mi habitación. La habitación tenía el aire acogedor de la oficina de un pre¬ceptor de una vieja escuela elemental, pero colgado de la pared, en lugar del retrato del director, había un rutilante retrato de la Virgen con el Niño, del mismo tipo que se encuentra en casi cualquier habitación de hotel del mundo hispanohablante. Había visto imágenes como ésa casi todos los días, y no me parecían más desagradables que las que colgaban de las paredes de las pensio¬nes económicas de Japón. Me quité la ropa transpirada y, vestido sólo con ropa interior, comencé a desempacar. En ese preciso instante golpearon a la puerta. Al abrir me encontré con cinco hombres, todos vestidos en diferentes estilos. Uno era un indio con poncho y sombrero de forma cónica, otro un individuo con traje. Atrás estaba el hombre que había atendido mi registro. Automáticamente fui hacia la valija para tomar ropa limpia, pero el hombre de traje me agarró del brazo y exigió ver mi pasaporte. Luego me preguntó si podía probar que yo era realmente japonés. Resultaba que todos esos hombres, excepto el empleado del mostra¬dor, eran detectives de la policía. Creían que yo era un guerri¬llero indio que se había infiltrado en la ciudad con un pasaporte japonés. Todo era absurdo. Se me ocurrió mostrarles mi diario, pero lamentablemente acababa de enviarlo a París, el punto de partida de mi viaje, junto con un poncho y otras cosas que había ido juntando por el camino. Puesto que no parecía posible que con una carcajada se disiparan sus sospechas, me puse a hablarles en japonés y luego escribí: "Esto debe bastarles. Ahora bien, ami¬gos, ¿por qué no se van y me dejan solo?". Pero ellos no quedaron convencidos. Era de esperar, supongo, desde el momento que se negaban a creer que la persona que tenían enfrente era la misma de la fotografía del pasaporte. El detecti¬ve con traje de oficinista hizo a los otros cuatro esperar afuera mientras él entraba a la habitación, dejaba el pasaporte dado vuelta, y me inte¬rrogaba sobre mi fecha de nacimiento, dónde había nacido, y sobre mis padres, tomando nota de todas mis res¬puestas. Los detectives de todo el mundo tienen la misma mirada cuando interrogan. "¿Tiene usted dos madres?" preguntó, y para eludir su malévola mirada me puse a mirar el techo y le conté la verdad. Le expliqué que mi madre biológica había muerto cuando yo tenía dos años, y que había perdido a mi madre adoptiva a los dieciséis. ¿Y que piensas que sucedió a continuación, Madre? El detective me dijo que si estaba diciendo lo cierto, tenía que poder mostrarle un retrato tuyo. Un hombre que ha perdido a su madre lleva siempre su fotografía con él. Sabe que en sus viajes encontrará momentos de alegría, soledad o desesperación. Cuando esté contento, podrá agradecerle y compartir con ella su dicha; si solo o desesperado, podrá volverse a ella en busca de consuelo. Tu madre podría haberte ayudado, concluyó el detective, sólo con que hubieras tenido una fotografía de ella. Luego sacó su bille¬tera y me mostró una de su difunta madre. Por alguna razón me sentí sacudido. Tal vez porque nunca antes se me había ocurrido que uno debía andar llevando un retrato de su madre. O quizá por la presteza obvia del hombre para imponer su moral al otro. No sé qué habría sucedido si yo, siguiendo mi inclinación natural por las bromas, hubiera señalado a la imagen de María y le hubiera dicho que era mi madre. Pero como sabía que malinterpretaría mi confusión, le pregunté qué haría en caso de no poder probarle que era japonés. ¿Planeaba arrojarme en una celda?. En ese caso, ¿por qué no llamar a la embajada japonesa y permitirme hablar con ellos antes?. Mencioné lo de la embajada como último recurso. Según supuse, el fulgor de sus ojos se apagó y abandonó la habi¬tación con una expresión de desaliento en su cara. Imagino que habría querido jugar un poco más con el miserable salvaje que tenía ante sí. Debe de haberse sentido como alguien que abre el dorso de una cámara y se encuentra con que todavía tenía película adentro. Esa noche experimenté otro sobresalto. Había comprado un cua¬derno y estaba intentando registrar mi conversación con el detec¬tive, pero perdí el interés y me quedé tendido sobre la cama con los ojos cerra¬dos. Era una etapa en la que me preguntaba constan¬temente por qué una persona de mi edad debía viajar cuando bien sabía que el "límite de la tierra" simplemente no existía. Este era mi estado mental cuando repentinamente, Madre, tuve una vi¬sión tuya. Como tú sabes, hasta entonces yo había estado satisfe¬cho con una simple conciencia de ti como mi madre, sin concentrar mis pensamientos en ti. Ahora, de golpe, tenía lugar una reac¬ción. Pensé que era mi culpa que estuvie¬ras muerta. Te había ahogado, te había asesinado. El proceso rápida¬mente alcanzó un punto donde mis pensamientos y emociones emergieron. Puesto que existo, una mujer debe de haberme dado a luz. Que ella haya muer¬to de tuberculosis en un hospital de Fukushima en el otoño del año de la rendición de Japón no significaba nada para mí, que no podía recordar su rostro. ¿Qué hizo que creciera en la comodidad de tu útero, robándote carne y huesos, y que luego desgarrara tu cuerpo para entrar al mundo?. Cortaron mi cordón umbilical justo cuando tu cuerpo se desplomaba; el grito que acompañó tu estertor coincidió con mi primer llanto. Ese grito se fue apagan¬do en distintas direc¬ciones, elevándose hasta el cielo y disol¬viéndose en la atmósfera. Con seguridad que parte de él habrá entrado en mis propios pulmones durante mi desesperada lucha por aire ... Pero ¿ qué importancia tenía esto ?. Haber tenido esta visión no significaba que mi jornada llegaba a su fin ni que estuviera por iniciarse una nueva. No había nada que pudiera hacer, y esta visión sólo logró empeorar las cosas. La imagen de María - con sus ojos tan enormes, como sorprendida - me deprimía, y sin em¬bargo no soportaba la idea de apagar la luz y esperar en la oscu¬ridad que me ganara el sueño. Al mismo tiempo no tenía fuerzas para salir y explorar la ciudad. Era una noche terrible. Quizás debería haber continuado fantaseando hasta que la visión alcanza¬ra un punto crítico en el cual se convirtiera en mi sostén. En¬tonces podría haber salido a dar un revigorizante paseo para respirar aire fresco. Al día siguiente habría así marchado hacia la terminal de ómnibus con los pasos segu¬ros de alguien que avanza llamado por una misión. Y me habría sentido seguro con la certeza de que me hallaba registrando la superficie de la tierra, escar¬dándola para dar con las más pequeñas partículas de ti que hubie¬ran quedado esparcidas por ella. El trabajo de Rie, en principio calculado para tres días, se prolongó a cuatro. No se lo comuniqué a mi hijo porque para él "un poquito más" podía significar de una hora a una semana. La noche del cuarto día derribó los bloques de Lego con los que estaba jugando y se refugió en su dormitorio. Le grité que tuvie¬ra cuidado con los escalones, pero ya había llegado a la puerta de su habitación. Me acerqué sigilosamente a verlo y lo encontré parado frente al poster de Carmen. "Te estás retrasando", le increpaba, "quiero verte, así que apresúrate en terminar con tu trabajo. A papá no le molestará que vengas". No tardaría, le repetí - Rie se estaría desmaquillando en ese preciso momento. Pronto estaría de vuelta para alzarlo y decirle cuánto lo había extrañado. Pero aparentemente yo había visto algo que no debía, pues tan pronto me oyó, se volvió para decirme con una voz imperativa "No puedes entrar". Me sonó como un gato con el lomo erizado, maullando ante la presencia de un enemigo. Me retiré farfu¬llando una disculpa atropellada, pero mi hijo se había visto interrumpido y vino a la puerta, la cerró con estrépito para hacerme notar lo torpe que había sido al meterme en su privaci¬dad. Me sentí igual que cuando me hallaba a solas con mi padre. No creo que mi padre y yo hayamos pasado solos más de una semana. Se producía siempre una sensación de incomo¬didad entre nosotros, él un viejo y yo un adolescente. Pero me perca¬té de que ahora yo era el padre, y en seguida sentí la necesidad de tener la aproba¬ción de mi hijo. Todo padre que vive separado de sus hijos siente lo mismo, y generalmente en una situación como ésta yo habría comenzado a representar el juego de "mi hijito perdido". Un juego en el que espero por un rato y luego comienzo a llamar a mi hijo, fingiendo que no lo veo. "Dios mío", digo, mirando por todos lados,"¿por dónde podrá estar?". "Aquí estoy", me contesta, pero cuando voy a buscarlo, se me aparece por detrás, me golpea en la cintura, y me extiende los brazos para que lo alce. "Aquí estoy", dice, dando por terminado el juego. Cuando jugamos a las escondi¬das, le encanta buscarme, pero cuando es su turno de esconderse, elige siempre los lugares más obvios, aunque por su tamaño po¬dría esconder¬se casi en cualquier sitio. Incluso se asoma de su escon¬dite gritando "Aquí estoy". Pero esta vez no tuve ganas de jugar. En cambio, lo dejé descargar su enojo, y me limité a observarlo desde detrás de las cortinas. Okamoto había dejado un balde con cangrejos en la terraza mientras no estábamos. El modo como a¬rrancaba pasto y lo arrojaba dentro del balde indicaba que toda¬vía estaba de mal humor - y hasta indignado. Al mismo tiempo su total concentración en las criaturas pinzadas lo hacía verse como un niño inocente. Aunque en su actitud había algo precoz, como si deliberadamente me estuviera dando la oportunidad de quedarme a solas con "Carmen". Sea lo que fuere, me sorprendió lo mucho que había crecido en estos cuatro años. Me acordé de cómo se fatigaba llorando cuando Rie lo dejaba, y cómo se quedaba dormido por horas sin interrupción hasta que ella lo despertaba otra vez. Todo eso era ya pasado ... Un ruido sordo se escuchó a lo lejos justo cuando estaba por prepa¬rar la cena. Mi hijo entró a la carrera en la casa. Tratando de no atropellarse con las palabras, me dijo: "Un trueno, papá. Tú también tienes miedo ¿no? Pero Rie no". Rie volvió exhausta por la falta de descanso, y tomó una ducha fría para refrescarse. El poder del agua es asombroso. Rie había empezado a cabecear en el taxi pero se despertó al pasar Aizu Wakamatsu y llegar a la calle que bordeaba el ancho río Tadami. Recuerdo el río de tu pueblo natal, Madre - el Omono. Al marchar a lo largo de su orilla hacia tu tumba, tuve la impresión de que el río debía de haber sido una magnífica vista cuando tú eras niña. Cuando llegaste a Tokio, no habrás considerado al Tama y al Sumida como ríos. Luego, al regresar a Fukushima, te habrás la-mentado de que Tokio no tuviera ni ríos ni cielo. Yo también querría estar cerca de un río a la hora de mi muerte. Respirando suavemente, me gustaría ver cómo la clara corriente de cristal lleva gentil las mustias hojas del otoño. Pero el Tadami de estos días es distinto de tu Omono, sobre todo desde que construyeron la represa, que deja detenidas sus aguas. La superficie es como la de un lago, y el reflejo de los árboles y montañas es tan nítido que podrías recortarlo con una tijera. No me sorprendería escuchar que la represa ha cambiado la visión del mundo de la gente que estaba acostumbrada al poderoso fluir del Tadami. "Gracias a la represa", dice el dueño del Rokubei, "ahora hay peces en el río". "Aunque no has pescado ni uno", le re¬plica su mujer. Antes de salir de casa, le he dicho a mi hijo que nos alojaremos en la pensión, pero, tal cual lo imaginaba, él se ha negado a entrar. En el vestíbulo, donde se ha sentado a conversar con la esposa del dueño, Rie señala los animales dise¬cados de la sala donde está senta¬do el señor. "Mira", llama, "hay un ciervo, y veo también un nido de avispas". "Esperaré aquí", contesta nuestro hijo, corriendo bajo el largo alero hasta la entrada de la cocina donde está atado el perro de la familia. Tuve la previsión de llevar una carpa, y decido armarla para que él jue¬gue. Me han dicho que hay un espacio más allá del huer¬to de kiwi. Hay una pelota de aluminio delante del perro, y re¬cuerdo que cuando Okamoto había traído al perro había también un cachorrito recién nacido. "Nadie lo quiso y, como cuidarlo era dema¬siado trabajo, lo sacrificamos". Me arrepiento de haberlo mencionado. ¿Qué voy a contestarle a mi hijo cuando me pregunte por el signi-ficado de "sacrificar"? Por suerte me salva del dile¬ma la apari¬ción de un gato que se tambalea por las enredaderas de kiwi, mareado por haber lamido las cortezas. Nunca había levantado una carpa antes. La que compré es bas¬tante pesada - más de lo que una persona puede manejar. En casa la he abierto, he impermeabilizado las costuras, y he levantado los postes para medir su altura; pero por cierto que armarla es otra cosa. Mientras intentamos que nuestro hijo se quede quieto, Rie y yo leemos las instrucciones para armar la estructura y levantar la tela. Pero tan pronto levanto el toldo, el desastre se desencadena. Creyendo que facilitaría las cosas, he dejado abierta la cremallera de la puerta, pues supuestamente la cerra¬ría una vez concluido el armado, y atadas las sogas a las estacas. Una violenta ráfaga infla la carpa, dentro de la cual ya está jugando el niño. "Qué tontería", digo, y al instan¬te toda la carpa, con su estructura y todo, se levanta, cae sobre un costa¬do, y es arrastrada por el viento como un paracaídas hinchado. Capturo un extremo de la tela y le grito a mi hijo que salga, pero es arrastrado sin remedio hasta que los soportes c¬¬hocan contra una hilera elegantemente dispuesta de árboles de paulow-nia. Mi hijo debe de haber dado unas doce vueltas por lo menos. A no ser por las esta¬cas, la carpa habría sido aspirada por el bosque circundante como un huevo crudo. Por mi experiencia, cuan¬to más fuerte las estacas, mejor. Sonriendo aliviados, mi hijo y yo pisoteamos la carpa para sacarle el aire. En ese momento, oímos un trueno. El trueno le da a mi hijo la posibilidad de acostumbrarse a la pensión Rokurobei, pero no ha sido nada comparado con la tormenta que habremos de tener al día siguiente. Con mucho cuidado termino de levantar la carpa, pensando que si sale la luna esa noche podremos verla desde allí - por otra parte contábamos también con el día siguiente. Luego doy un paseo por la montaña, y vuelvo gratamente cansado a la pensión. Rie y mi hijo, en obvia confabu¬lación, me preguntan si sé cómo es el dios del trueno. "Sabemos algo que tú ignoras", se burlan ladeando sus cabezas en complici¬dad. Les contesto que viste unos pantalones cortos a rayas, que tiene colmillos y un cuerno en la cabeza, que sus ojos despiden luz, y que golpea un tambor que carga al hombro. Pero mi hijo me dice que estoy equivocado, y Rie agrega: "Tu padre no sabe nada, ¿no?". "No, esperen.", les digo, "ese era el dios de los terremo¬tos. El dios del trueno es como una serpien¬te, con alas gigantes¬cas y una barba hirsuta". Pero por supuesto que eso es incorrecto también. Es claro que ya tienen preparada una respuesta, proba¬blemente inventada por Rie. "Bueno, díganme", me rindo, y el rostro de Rie resplandece. Es el aspecto que toma cada vez que ella da con alguna inusual noticia sobre el mundo natural, como esa de que encontraron una locha de diez metros en un lago del sur de China, o que la aurora boreal puede verse en Japón. "Pues bien, según el dueño, el dios del trueno tiene el tamaño de un melón y se mueve rodando por el suelo. Una vez vino aquí, el dueño dice que rodó por debajo de la entrada y delante de la puerta princi¬pal". Mientras Rie habla, veo cómo crece su alegría. "Rodó por el piso delante de la entrada", repite. Ya no puede hablar y golpea el suelo con su pie para disipar la risa, que ya es incontrolable. Al lado de ella, el niño acompaña su relato con su propia versión de una danza de siembra del arroz, golpeando con los pies y agitando los brazos salvajemente. La última vez, al contarme lo de la cueva, el dueño de la pen¬sión también me ha revelado que los hongos crecen en misteriosa profusión en las montañas que han sido alcanzadas por los rayos - pero no me ha mencionado al dios del trueno. Llevo a mi hijo adonde se halla el señor, sentado en su silla de ruedas sorbiendo té, y le pido su relato como testigo. "El dios del trueno parece una pelota de fuego", co¬mienza, "perfectamente redonda. Yo lo vi salir tumultuosamente de ese tablero de conmutadores eléctricos, que quedó tan quemado que tuvimos que reemplazarlo. El piso de la casa se inclinó de atrás hacia ade¬lante, por supuesto, y antes de que entendiera lo que sucedía rodó hasta la puerta de entrada. Mi mujer estaba afuera lavando papas, pero demasiado asustada para mirar". El hombre parecía deseoso de contar su experiencia - y hasta lo consideraba su obligación. Ahora, Madre, esto es algo más que desearía ver y por lo que daría cualquier cosa, además de tu ros¬tro. Una fiera bola roja, dijo, que había ennegrecido el tablero de luz y que había rodado delante de la puerta. No cabía duda de que la habían visto. Del mismo modo, estaba seguro de que él habría visto algún tenue trazo de color en la cueva que le habría recor¬dado la pintura de María, o por lo menos la leyenda de que los cristianos secretos habían dejado una tal pintura. Todavía me parecía difícil creer que el dios del trueno podía tomar la forma de una bola de fuego no mayor que un melón. Cuando me mostró su dibujo, le dije a Rie que era demasiado simple eso de tra¬zar un círculo y pintar¬lo de rojo. ¿Cómo pueder algo así ser el dios del trueno?. Dibujémosle una cara y llamémosle hijo del trueno, dije, agreguémosle ojos y nariz. Lle¬vando un crayon verde, nues¬tro hijo en seguida se apretó entre noso¬tros y nos dio su opi¬nión. "Es el dios del trueno do-do", dijo. Como quiera que sea, nos olvidamos del grito emitido por el cielo cuando expulsó el fuego de su cuerpo, nos estábamos olvidando del modo como un rayo de luz podía transformar un bosque empapado por la lluvia en una escena del otro mundo. Al día siguiente los tres nos entretuvimos en el río hasta que el tiempo cambió. Para un niño, cualquier lugar puede convertirse en un perfecto sitio de juegos, y por eso nos tomó treinta minu¬tos caminar diez metros. Sabíamos que por más que lo apuráramos el niño nos contestaría: "Esperaré aquí". Como encontró un lugar apropiado en el río, Rie prestamente se quitó la ropa y se sumer¬gió en el agua fría, a tal punto helada que me puso de color morado la mano. "No está tan fría como la nieve derretida", dijo. Sólo verla me provocaba escalo¬fríos. Nuestro hijo se quedó a cierta distancia, fingiendo no ver. Tomaba palos y los arrojaba al río, en tanto yo, haciendo de piloto, desatascaba los proviso¬rios barcos cuando se estrellaban contra las rocas. Terminamos de comer los bocadillos que habíamos llevado en un lugar desde donde yo podía ver la negra sombra que semejaba una cueva en la montaña. Rie mordisqueaba una galletita y tomaba un poco de té verde del termo, sin probar todavía los picles que la señora de la pensión nos había preparado. Decidimos tomar una fotografía, hice que Rie y el niño se pararan con un viejo árbol como fondo, el cual parecía un elefante levantando la trompa. Dentro del hueco que hacía de ojo del elefante descubrimos un pequeño nido de pájaros. En el redondo nido había cuatro huevos blancos y otro un poco más grande, de color lavanda. Previne a mi hijo para que no tocara los huevos, diciéndole que la madre esta¬ba vigilándolos desde cerca. Advirtiéndole que se volvería loca y atacaría si los tocaba, lo convencí de contentarse con una foto¬grafía. Los huevos eran de una frágil y brillante belle¬za, si vuelvo a recordarlos hasta me parecen refulgentes. Al regre¬sar a casa encontramos una fotografía en una guía donde se veían exac¬tamente así. Los huevos blancos eran del cazamoscas azul y blan¬co, en tanto el de color lavanda correspondía al cuclillo. El libro explica¬ba que todos los miembros japoneses de la familia de los cuclillos dejaban sus huevos en los nidos de otras aves. Esta aclara¬ción me hizo pensar que, de todas las posibles combinacio¬nes de los ideogra¬mas chinos empleadas para escribir el nombre de este pájaro, la más apropiada sería la que significara "nunca regresará". Mi atención se desplazó hacia la cueva y las nubes que sinies¬tramente se habían reunido sobre ella. "Puesto que es tan impor¬tante para ti", dijo Rie, "¿por qué no vas a echarle un vistazo?" Hasta el momento en que habló no me había percatado de cuán des¬ganada se había vuelto, y de qué modo el color de sus labios se había disipado. Su inmersión en la fresca nieve derretida había sucedido antes que naciera nuestro hijo - la fatiga acumulada y la falta de sueño se habían tomado revancha por lo visto. Rápi¬damente tomé las luces del flash y fui a echar el vistazo. "¿Cómo es?" me preguntó cuando estuve de regreso. Como realmente no esperaba encontrar nada en la cueva, me costaba encontrar una respuesta adecuada. De momento, lo importante era que ella recu¬perara su calor. La hice volver a la pensión para tomar un baño, mientras yo me quedaba con el niño, que quería estar cerca del nido. La cercanía de la noche me dio finalmente pie para llevarlo de vuelta a la pensión, pero entonces nos pusimos a pelear dentro de la carpa y se estaba divirtiendo demasiado como para lle¬varlo adentro. Comenzó a llover fuerte, y esto lo excitó aún más que la lucha. Por la posición incómoda y la necesidad de controlar mi fuerza, pronto me quedé sin aliento. Mi hijo comenzó a jugar con el flash, apuntando a cualquier lado y prendiéndolo y apagándolo. Cuando le pareció que ya había yo descansado lo suficiente, co¬menzó con otro round. El primer fogonazo del flash sucedió justo cuando le advertía que si no nos íbamos pronto, el viento haría volar otra vez la carpa. Pegó un grito y empezó a contar los segundos, como hacía Rie. Pero al ratito, ya estaba apretado contra mí."Tú también tienes miedo, ¿no?", preguntó. "Rie estará preocupada, ¿no?". El trueno, que escuchamos primero al llegar a cinco, parecía ir acercándose. Su luz, además, refulgía con tanta potencia que oscurecía el círculo de luz que emitía el flash que mi hijo había dejado por ahí. El toldo se había vuelto transparente, y nos dejaba completamente expuestos. Tomé a mi hijo entre mis brazos, seguro de que Rie o la mujer de la pensión que sabían que estába¬mos en la carpa pronto vendrían por nosotros. Pero comencé a alarmarme, y mi sentido del peligro se aguzó con el ensor¬decedor estruendo de un trueno que sonó a la cuenta de tres. No cabía sino salir de la carpa. Intentando recordar la disposición de ese jardín trasero, esperé la ocasión para lanzarme corriendo hacia la pensión. "Mira, allí está Rie", dijo mi hijo, alzando su cabeza envuel¬ta en una toalla y retorciéndose tan violentamente que casi se me cae."Es Rie", repitió cuando el siguiente fogonazo de luz iluminó los árboles con más brillo que la luz de una noche de verano. Mirando a través de la ventana de plástico, había visto su figura en el segundo piso de la pensión. ¿Con qué fracción de segundo es posible que alguien vea bajo el azulado fulgor? Mi hijo no pudo seguir un movimiento con tanta rapidez, razoné, y la pensión está demasiado lejos. Y sin embargo, la había visto."Se veía como Carmen?", le pregunté. "No", contestó, "ella era blanca". Mientras corría hacia la pensión, yo también la vi. Un momen¬táneo centelleo de luz hizo la lluvia tan clara como cristal y condensó la distancia que mediaba entre yo y el edificio. Rie se veía completa¬mente blanca -desde su piel, encendida tras haber dormitado en el baño, y su negro cabello, largo hasta la cintura, y hasta el saquito rojo que se había puesto sobre los hombros. Sólo la expresión de su rostro permanecía imposible de ver. El fulgor la oscurecía, como había oscurecido el círculo de luz en la car¬pa. Sólo la poderosa e intensa manifestación del cielo podía comparársele. Esa noche cenamos rápidamente y nos quedamos de pie con la ventana abierta, mirando al cielo y aspirando en la fulguración de la luz en el aire del bosque. Tal vez sea imposible hacer un dibujo del dios del trueno, pero es posible inhalarlo. Quien se halle en el relumbrón de una luz no puede ver al que dirige la luz. Me gusta imaginarte allá en lo alto más que dentro de la tierra. Cuando me miras desde allí, Madre, al lado de quienquie¬ra que sea que opera la luz, tú no habrás visto la expresión de mi cara. Pero creo que habrás percibido mi alegría por la com¬prensión de que ninguno de nosotros nació para ver el rostro del otro. Traducción: Amalia Sato Aono Sô, novelista, nació en Tokyo el l7 de julio de l943. En l966 abandonó su carrera en el Departamento de Literatura de la Universi¬dad de Waseda, y viajó a Francia, donde pasó un año estu¬diando. Al regresar a Japón en l967 hizo su debut literario como vocero de la "generación hippie" que se había escapado de la sociedad para viajar por el extranjero durante el período de rápido crecimiento económico en Japón. Los relatos de Aono combi¬nan un estilo progresivo y experi¬mental, con un interés más tra¬dicional en la ficción autobiográfica. En l979 recibió el Premio Akutagawa por su novela Noche de loco (Gusha no Yoru). Otros relatos importantes son Contrato entre madre e hijo (Haha to Ko no Keiyaku), nominado para el Premio Akutagawa 80, Una aproxima¬ción al complejo judío (Kokoromi no Yudaya-konpurekku¬su), El japonés vagabundo y el Mar color naranja (Samayoeru Nihonjin to Orenji-iro no Umi),y Ochenta años en el camino (Juhassai no Kass¬ôro).